Hubo un momento que todo era oscuridad guiada por la desesperanza y la decadencia más atávica que podía conocer. Un túnel largo, infinito, cruel y anodino. Un paseo por donde sólo se veían las murallas del tedio, la apatía y la resignación. Día tras día, sin esperanza que el cielo azul y soleado supusiera un cambio de paradigma. No había canción que despertara un hilo de luminosidad, un rayo de actividad cerebral y pálpito en el corazón.
Como no había red, no se donde estaba el final de la caída. ¿Quién me iba a recoger? Si buscaba respuesta la única sensación que encontraba era la frustración. Habitaba o habita, vete tú a saber, en el lago artificial de este camino largo de la derrota. Batalla tras batalla, derrota. No encontraba armas con las que defenderme para luego poder atacar. Confusamente, planeaba mal el ataque porque no era capaz de defenderme con lo cual la solución era inversa al planteamiento ideal.
No había besos deseados, ni cinturas que querer agarrar, no había caricias que me hicieran conmover, no había rostro al que querer acariciar. Mis manos, ásperas, resecas y agrietadas no habitaban en la prisión del deseo, sencillamente desempeñaban durante el día la más básicas de las tareas, ser el epitafio de mi cuerpo y no, no querían firmar ningún finiquito pero los días, interminables y aburridos, eran el señuelo de un pensamiento incierto y difuso.
«El dolor es un ensayo de la muerte» -Héroes del Silencio-
Me molestaba no querer hablar con nadie. Nadie quiere a nadie. Y este ser tan demacrado solo encontraba en el exceso una escapatoria tan vulgar como cobarde. No había maldad para seguir por ese camino, tan inocente como procastinador era mi vagar por la vida como una ameba, un ser sin mañana.
La respuesta fue involuntaria, no provocada ni azotada desde ninguna terapia de choque. El choque brutal fue tener dolor tantos días seguidos. Uno tras otro, sin descanso. Ese fue el despertar, por ahora. No tengo dudas en que la irregular trayectoria emocional es algo generalizado en todos y cada uno de los miembros de esta sociedad. Pero jode y sobre todo cuando no sabes si no encuentras a nadie
La soledad es un camino inquietante, abrumador también, porque en el tránsito no se tiene claro el fin. Ni el fin ni el final y el que es de certezas hasta en lo más rutinario de su vida vive con cierto nerviosismo el paso de los días sin ningún tipo de avance.
Hubo algún momento que pensé en echarte la culpa a tí. De hecho, lo hice. Te culpé de mi soledad y de mi desprecio hacia lo más inefable que hay en esta vida que es el roce de tu piel. De ningún modo quise saber de ti sabiendo, contradictoriamente, que una sola atención tuya me hubiera convertido en tu feliz esclavo para unos cuantos días. Pero cuando hay un no de por medio la posibilidad de salir a flote es minimamente esperanzadora.


