Siempre, aún con más beligerancia en ciertos momentos de mi vida, he intentado quitarme de la lengua y de la cabeza la palabra odio. Siempre me ha parecido el término que más ha separado y distanciado al ser humano. No tengo duda. Y era beligerante con mi entorno en que no quería oírla cerca de mí, me parecía y me parece que aleja la bondad del ser humano. Que lo aleja de aquello que yo escuchaba con cierto entusiasmo en los tiempos en los que tenía el Nuevo Testamento como poco en un texto de referencia varios días a la semana, los que disfrutaba de asistir a cualquier tipo de actividad a mi parroquia. Entonces, y a ratos ahora, creía y quiero creer en la bonhomía del ser humano.
En una sociedad tan polarizada a órdenes mundiales la distancia entre el bien y el mal cada vez se agranda más con lo cual puede uno entender que el concepto de buenos y malos también respeta la misma distancia, el infinito. Y eso me mina la moral, lo de los buenos y los malos. El blanco y el negro. No vale el término medio, no hay manera. Porque cuando en una conversación una persona aboga por un argumento la respuesta del otro es y tú más. Eso es que quiere decir que enviamos la flecha del hilo otra vez hacia el extremo polarizado, no hay manera de hilvanar un razonamiento entre dos intereses.
Aquí en la ciénaga no tengo arrebatos de encontronazo, en la nada, el nadie. Aparece el único enemigo en imagen de cómplice silencioso. Al menos existe la electricidad para que funcione el reproductor de música y varios de mis discos me reconfortan con el estado natural del ser, la bondad. Hasta las melodías más presumiblemente sórdidas y vacuas me pueden llegar a emocionar tal y como me emocionaría un pequeño gesto; una palabra bien dicha, un perdón, un abrazo…



