El mayor de mis miedos era que no volviera. Y ese miedo era fundado porque cada vez que nos despedíamos cada uno nos íbamos en dirección opuesta pero a los escasos segundos de reanudar el camino de vuelta a casa yo me daba medía vuelta para observarla. En aquellos breves instantes yo solo tenía una deseo, que se girara y me sonriera y quizás me saludara a modo de despedida con su mano. Pues bien, eso jamás ocurrió, lo de girarse digo.
Subíamos la cuesta tan juntitos los dos que yo creo que nunca tuvimos arrojo para decirnos que nos molestábamos pero ciertamente que la dura subida hacía que en ocasiones no pudieramos ni hablar, solo jadear por el bombeo de nuestros corazones. Yo creía que el mío se me salía de la caja mientras las manos sudorosas las separábamos para poder mantener el ritmo de la ascensión. Al final de la cuesta, el semáforo y una cabina de teléfono desde donde siempre avisaba que llegaría a casa en cinco minutos.
Entre ese momento y el intervalo de la siguiente cita se creaba un mundo que no tenía fin, lleno de supuestos y desilusiones que se desmontaban cuando sonaba el teléfono en casa. Cuanto echo de menos el otrora insoportable ring del teléfono. Incertidumbre salvada, ahora a escribir otro capítulo.



