Los sábados, si. Los sábados me gusta quitarle el polvo a los botines. Pasarles un trapo y engrasarlos con su cera correspondiente para que además de mimarlos brillen un poquito a la luz del día. Me gusta también ponerme los pantalones que mejor me queden en ese momento. Eso depende de lo que haya comido durante la semana y haya ejercitado mi cuerpo. También, escojo una camisa. La más hortera que tenga a vista en el vestidor aunque en ocasiones elijo un jersey de cuello vuelto. Siento cierta predilección por esta elección si esa semana me ha dado por no afeitarme. Procuro, ese día, darme suntuosamente crema de manos. No hace daño usarla una vez a la semana, no frecuento mucho esos botes, pero los sábados me gusta huntarme bien para que deslize bien entre mis dedos mi anillo plateresco adornado de una piedra, que aunque sea falsa, brilla como una estrella fugaz. Y como no, llega el momento  de la diatriba contra el sombreo o la gorra. Siempre hace frio en la cabeza. Y mi momento esperado. El enfrentamiento entre mi levita de cuero marrón o la corta de cuero negro. Siempre gana el negro, nunca soy racista.

Salgo con paso firme decidido a formar un gran escándalo. Me miran. Me miran de arriba a abajo mientras camino por el boulevar. Pero no es por elegancia, es porque como es habitual no me he subido la cremallera del pantalón. Con gran disimulo y cautela procedo a cerrar la ventilación, innecesaria a esta hora de la tarde. Camino con zancada amplia, tanta que los isquios me recuerdan que la sesión ciclista de la mañana ha sido exigente. Por eso, me dirijo a brindar por lo realizado sobre mi amante. Por un momento me siento Richard Ascroft. Sin darme cuenta, y haciendo caso omiso a todo mi exterior y sometiendome a los impulsos de la música que suena en mis auriculares, camino rápido. Golpeo con el hombro a alguno que me cae mal, lo escojo casi al azar. No soy justo. Ese día no he salido a impartir justicia, sencillamente a que la injusticia deje de dictar condena en mi contra.

No tengo muchas opciones pero despúes del paseo de turno necesito ir tomar una cerveza. Pero no una cualquiera. Es la cerveza porque es la que más ganas la tengo de toda la semana. La estoy deseando desde hace horas. La quiero tomar solo y escuchando buena música. Qué se yo..rock, blues o soul. No pido mucho.

Entro en el Santa Ana. Una de las pocas opciones que hay al caer el sol. Una jodienda esto de no poder fumar en el interior.

– Buenas tardes, Jose. Lo de siempre.

– Que tal buenhombre.

No ha terminado de hablar y con la cabeza me señala el fondo del bar. No hay nadie y en su pequeño recobeco me siento en su mesa. Sobra una silla. Voy solo. Como a mi me gusta. Suena Chuck Berry cuando saco el tabaco de liar. Y como buen tendero Jose me trae la cerveza y la liadora de cigarrillos. Hay cosas que uno nunca aprende. Se hacen cortas las canciones de Chuck Berry.  A la media cerveza empieza sonar Ray Charles. Saco el telefono para intentar identificar el nombre de la canción

– I can’t stop loving you – se oye decir a una voz femenina

Desde mi recobeco no consigo ver a nadie. Es como si la aparición de la santisima virgen hubiera ocurrido porque oí pero no vi.

– Normal que no me veas, levántate el sombrero un poco.

En frente, a mi derecha estaba esa mujer con piernas cruzadas y apoyada sobre la mesa con su codo mientras su cabeza descansaba sobre su mano.

No la contesté. No la dije absolutamente nada. ¿para qué? No pretendia romper esa tarde mi opción solitaria. Ni las gracias la di.

– The Crows, estos que suenan ahora son The Crows.

– A mi que coños me importa! Me dije por dentro pero no se lo espeté para no ser más desagradecido de lo que había sido antes. Hubiera dado un paso más allá y hubiera pasado a ser directamente un mal educado. Después de dos tragos largos con los que acabe mi tercio de cerveza me retraté

-Gracias. Gracias por la información pero no me interesa tu conversación

-Quien te ha dicho que yo quiera hablar contigo? tio chulo

-Ser chulo es un arte, la aclaré. Creo que más que cualquier canción de Loquillo se me quedó grabada esa frase que nos dirigió en un concierto. La cuestión es que para ese momento me vino de perlas.

La tipa se levantó y se fue. La tranquilidad había vuelto a mi estado mental. No duró ni un minuto. Aquella mujer, que no digo yo que fuera guapa ni fea, trajo consigo dos cervezas y la alteración de mi paz que había buscado durante tanto rato. Dejó el botellín posándolo con fuerza contra la mesa de mármol, haciendo que mi cerveza no fuera eso sino un bote lleno de espuma.

Ciertamente es una de las mejores vengazas que hay porque el sacrilegio de la espuma cervecera es una situación odiada por cualquier cervecero que se precie.

-Ernie K Doe. Este es Ernie. Me encanta el tipo este

-A mi me gustas tú. Así se lo solté para intentar que se fuera esta vez y no volviera. No encontré mánera de ser más desagradable. No dudé un segundo al decirselo. Buscaba una respuesta como excusa para que uno de los dos se levantara definitivamente. Creo que no acerté con la estrategia. No se me veía realmente interesado por la susodicha. Igual que ella no movió ni un dedo al oirlo. Nos quedamos en silencio. Me pidió algo de tabaco y papel de liar. Mientras procedía a hacerse el cigarro empezó a sonar The Beatles.

-Esto, a mi me gusta esto, la dije mirándola.

-A quien no le gustan los Beatles?, me contestó

Bueno yo me referia a esto de estar así en un bar.

-Estariamos mejor si trajeras dos cervezas.

No hubo verdad más grande.

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