Me despierta el agudo zumbido de la sirena antiaerea. Antes ,quizás, por la noche no molestaba que por mi avenida pasaran de madrugada coches de policia o ambulancias sonando sus sirenas. Esos breves instantes de cabreo más que de confusión era lo más aterrador que tenían mis noches. Ahora, los primeros segundos de esos horribles y penetrantes alaridos de alarme se meten en mi cabeza y provocan el miedo. Yo nunca conocí el miedo. Ahora se que es. Es no saber si al siguiente paso voy a estar vivo. Es la horrible sensación de no saber lo que va a pasar. Quizás, sólo, quizas sobreviva yo en el siguiente estallido pero alguno de los mios puede que caiga vencido por el odio ruso. Me muevo entre el desconcierto a lomos del caballo de la desesperación y de la racionalidad. Algo poco común pero debo ejecutar movimientos seguros para ponerme a salvo.

Ya no tiene importancia si salgo con la cara sin lavar o sin haber tomado el café diario de la mañana. Lo verdaderamente importante es ponerme las zapatillas rapidamente, esas que ya tengo preparadas casi anudadas para salir, no sin antes coger un abrigo donde tengo metido un gorro, unos guantes y una bufanda.

Recluto a los mios en cada una de las habitaciones y me pongo el último de la fila de los que bajamos al refugio de nuestra casa, un edificio de ocho plantas que tiene unas galerias subterraneas que usamos para cobijarnos de las bombas rusas.

Bajamos entre lágrimas y silencios. Utilizamos la escalera mientras vecinos se unen a la comitiva. Cada vez se sienten más proximas sus presencias y oimos el aterrador eco de las bombas. No deben estar muy lejos de nosotros pero solo nos quedan dos pisos por bajar. Un mal paso, una duda puede provocar una caida y llevarnos los unos a los otros como fichas de dominó. Nuestras temerosas miradas solo ven escalones y descansillos, que apresuradamente, vamos dejando atrás.

Llegamos al subterfugio y una sensación contradictoria recorre mi alma y mi cabeza. Una pequeña dosis de tranquilidad se instala en el palpitar de mi corazón pero un recóndito pensamiento de cobardia me asalta al instante. Quizás deberia ser yo el que tendría que estar fuera y defender a los mios.

No se el tiempo que pasaré ahí abajo ni siquiera si vamos a volver a subir…. Estoy cansado y agotado.

Me despierto. Abruptamente. Una sirena suena intensamente. No se diferenciar la de la policia a la de la ambulancia. No quiero pero abro los ojos. Palpo mi almohada. No tengo frio. No llevo ni gorro ni guantes. Estoy solo y tumbado en una cama. Soy yo con mi sueño. Mientras me doy la vuelta en mi cama y me arropo con el edredón hasta las altura de las orejas me doy cuenta lo afortunado que soy de no haber vivido nunca una guerra, una puta guerra.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.