En defensa ajena

Bunbury

Por una vez en la vida puedo hablar y lo voy a hacer durante unas cuantas lineas de algo de lo que realmente se. Y puedo hablar con legitimidad de la obra musical de Búnbury y así pues voy a dedicar mi tiempo a evidenciar que Enrique Ortiz de Landázuri no es ningún plagiador y que Búnbury es un personaje capital en la música española de los últimos treinta años.

Se publica un ensayo titulado «El método Búnbury» y es el que desata, de nuevo, fuerza desairada en muchos de los titulares de diarios digitiles. Y sale a la palestra una palabra tan odiada por un creador como plagio. Este ensayo muestra las fuentes de inspiración en un buen número de canciones del artista maño a lo largo de su carrera que son generalmente versos de un parecido razonable.

Yo no me he leido el libro, áun. Lo haré. Más pronto que tarde. Pero no necesito ningún ensayo para saber de donde mama Enrique para componer los versos de sus canciones. Y eso que al autor del citado libro, Fernado del Val, nos puede unir una similitud ya que somos casi quintos y a ambos nos une la pasión por la música de Enrique Búnbury , en solitario y con «Héroes del Silencio».

En 1993 y yo con dieciseis años sale publicado el tercer disco de «Héroes del Silencio» con una canción que compone el disco que se llama «El camino del exceso»

donde se citaba textualmente el nombre del poeta inglés William Blake. A la biblioteca que me fuí recien estrenado el carné de adolescente a buscar un poemario del susodicho. Y sin mucho rebuscarlo encontré la cita «The road of excess leads to the palace of wisdom» (el camino del exceso conduce al palacio de la sabiduria). Este pensamiento Búnbury lo transformó en «es cierto, camino de exceso, fuente de saber». Desde entonces siempre me ha llamado la atención versos conocidos de otros autores que se reflejan en las letras de las canciones del genio aragones.

Hace unos años, con el disco «Helville de luxe» saltó la primera polémica al respecto con la canción «El hombre delgado que no flaqueará jamás». El maño entre otras muchas declaraciones analizó asi el tema

Ya que no puedo criticar «El método Búnbury» si que puedo juzgar los titulares leidos, las frases escritas, las palabras grabadas. La palabra plagio es una de las más feas que existe en mi cultura. Es arrebatar una idea a alguien. Es desnudar a alguien para abrigarte tú. Me crea irritación profunda y una verguenza ajena de desproveer a una persona de algo creado por su talento.

Si en una crítica musical la horrenda palabra plagio va junto Búnbury simplemente el firmante es un ignorante. Y es muy torpe escribir sobre algo que no conoces. Bunbury ha firmado sus canciones en al menos catorce discos propios y otras cuantas canciones para otros cantantes. LLeva casi cuarenta años haciendo canciones, escribiendo letras, estructurando versos. Que un creador se inspire en lo que lee, en lo que ve, en lo que oye es algo natural. Todas lo hemos hecho en algún aspecto de la vida. Es absolutamente erroneo decir que Búnbury plagia. Ahora bien existe la duda si debe citar al creador de frases que él firma en sus discos y que son iguales o casi iguales. Ahí puedo entender que se abra un debate aunque creo con rotundidad que los librillos que acompañan a cada disco serían casi una biblia de tantas citas que deberían tener porque hay versos que los puedes crear sin conocer para nada su coincidencia con otros creadores. Y crear el limite de lo decente y lo honesto es un algo demasiado superfluo. Yo creo que inspirarte en otros es algo totalmente comprensible. Aprovecharte tácitamente de ellos no. No creo que Búnbury lo haga porque ademas estaremos hablando de un puñado de versos, en ningun caso en una parte amplia de su obra músical.

Yo a Enrique como admirador y seguidor suyo me gustaria decirle que a veces sus pataletas son injustificadas. Unas declaraciones de su manager en «El Pais» no denotaban realismo. Al tipo le falta perspectiva y más vale que andaran con pies de plomo y no tirara por la borda el prestigio ganado a fuego en los escenarios por el zaragozano. No pueden crear territorio hostil donde lo que debe haber es un reconocimiento a la gran obra musical tan variada y ambulante como su último disco «Posible».

Siempre digo que si no has visto nunca en directo a Búnbury lo deberías hacer una vez en la vida. Es de largo, el artista solista más abrumador del panorama español. De verdad que merece la pena pagar una entrada por ver a este tio, sea cual sea su disco por que el espectaculo en directo siempre es una muestra de talento.

Asimismo en vez de enfrascarse en batallas que tiene muchas posibilidades de perder me gustaria que se focalizara en la creación de hacer un buen disco. Ya hace demasiado tiempo que no hace un gran disco, una década. El último «Posible» es un disco bien diferente a lo hecho en los tres anteriores. Pero necesitamos al Bunbury de la primera década del siglo.

Enrique, haz buenas canciones. Por favor.

No siempre puedes llevar razón

Búnbury

En muchas ocasiones he tirado por el camino sencillo y no he entrado a refutar tus trabajos musicales. También es verdad que tienes toda la legitimidad como para ser autonomo de hacer lo que te plazca porque lo que es inalienable a su condición de persona libre es la licencia de crear tu propia obra y al que no le guste pues que no la consuma.

Entre las interesantes cien preguntas que has respondido a tus seguidores se encuentra tu afirmación de que «En brazos de la fiebre» es la gran canción de Héroes del Silencio.

Leo tu afirmación con sorpresa, con mucha sorpresa y con una dosis de indignación que a punto ha estado de manifestarse en una actitud violenta contra tus discos, tus libros, tus fotos. Pero cuando he comprendido la respuesta he hallado el razonamiento de tu respuesta después, eso si, de pensar que me estabas tomando el pelo. Encuadro tu respuesta dentro de tu fascinación por lo último y el rechazo a la nostalgia. Quizás por eso la elegiste como cierre en la gira de reunión de 2007. Desconocemos si la escribiste para Avalancha o si esas lineas llevaban impresas en tu cerebro tiempo antes de la grabación. La cuestión es que si lo que fue una gran banda de rock la debe definir una de sus canciones con más dificultad para ser enmarcarda en ese género musical me surge la duda sobre que grupo de música llevo escuchando treinta y un años.

No obstante encuadro tu afirmación dentro de la vocación de aventurero, siempre indagando e investigando ya sea en el ámbito artístico y personal. Si que es verdad que muchas de tus actitudes a mi me han inspirado para realizar determinados proyectos. Ese hambre en descubrir cosas nuevas siempre lo has transimitido pero también denota una cierto rechazo hacia los que, en los que en alguna vertiente tuya, nos cuesta desarrollar tu virtud exploradora.

Adoro la música que suena a manufactura

elambulante

Intentas hacerme de menos con mi humilde opinión a cerca de tus anticipos de tu nuevo disco que son,a mi parecer, desoladores para mis gustos musicales. Por mucho que a ti te guste introducir nuevos matices yo no reniego de ser un tipo más clásico, donde no me gusta que prevalezcan más las máquinas ante la sonoridad natural de un instrumento. Y se que esto que digo es contradictorio y en ocasiones difícil de defender cuando voy a festivales donde la mayoria de las bandas juegan al karaoke con un sermón y una melodía. Cuanto echo de menos conciertos como uno de los que vi antes de este jodido virus, Freedonia. Y porque no, alguno como el Xoel Lopez con su guitarra y pandereta en el escenario central de Sonorama o el de Elefantes en el mismo festival pero en una ubicación muchísimo menos abarrotada. Adoro la música, si, con sus avances pero sobre todo la que suena a manufactura.

Me gusta que aborrezcas la mirada atrás pero a veces una restrospectiva impide que te vayas de frente por el camino equivocado. No siempre puedes tener razón, Enrique.

Joaquín Sabina, directo contra estudio

Sabina

Joaquín Sabina, Clint Eastwood, José Luis Garci, Bruce Springsteen… no! no se han muerto ni quiero que lo hagan. Ojalá estén aún mucho tiempo entre nosotros. Unos más que otros se acercan a ese punto trágico que tanto me preocupa pero mientras llegan a tan lastimoso trance me gusta rendirles pleitesía en vida y aunque ,lógicamente, ninguno de ellos leerá unas lineas mías no puedo por menos que, en vida, que es como se debe halagar, escribir unos parrafos sobre estos genios aunque empezaré ,sin pedir permiso al revisor, con el gran viajero que me acompaña desde hace tiempo y no es otro que el lumbrera crápula de Úbeda, Joaquín Sabina.

Como cualquier niño de los ochenta resultó imposible aunque no hubiera equipos de reproducción musical en mi casa no escuchar «Calle Melancolia», «Pongamos que hablo de Madrid» o «Así estoy yo sin ti». La tele, la caja tonta que a veces no dice tonterias, me permitió conocer a ese tipo triste y melancólico. Hasta ahí todo normal. Tiempo después vino el verano del 92, verano olímpico y que en mi primer exilio siendo un zagal me sirvió desde tierras barcelonesas para llegar a odiar a ese tipo al que un par de veces, si no más, al día en la radio le daban las diez, las once, las doce, la una y las dos….

No mucho despúes ocurrió que conocí a la persona por la cual escribo estos apartes y con quién además de escuchar a Los Ramones, a Siniestro Total, a Los Nikis y una tropelia de canciones inmundas empezé a frecuentar los tan hoy defenestrados karaokes. No era mayor para haber visto algunas cosas pero lo suficiente atrevido para pedir que él o Paco o Jose o Raul me invitaran a una cerveza en aquel antro, tiempos entonces, donde las monedas no habitaban en mi bolsillo y los billetes eran sólo cromos ausentes en mis álbumes de vida. Y eso que entre chupito y chupito intentabamos canciones variadas hasta que llegaba siempre la misma, un mano a mano entre Kike y Paco de «Calle Melancolía«. Y así unas cuantas noches, unos cuantos cierres del capítulo diario de viernes y porque no del sábado. Empezé a aprender del pecado y no ver nada por debajo de la falda de alguna, serían defectos de mi lozanía.

Y así llegamos al cambio de milenio y yo con mi sempiterna inocencia seguía acompañando una parte de la tarde y de la noche a la misma cuadrilla, ya con heridas profundas y cicatrices perennes perpetradas por la misma protagonista que escuchaba en canciones del autor andaluz. Y empezé a escuchar , un día y al siguiente también a Kike y Benito, en cualquier lugar que me los encontraba gritar unas pocas palabras a voces «…y regresé». ¿Qué coños era eso?

Yo no me había enterado, no era capaz de adivinar a que canción se refería. Y cuando, después de habernos ausentado de ese tipo de bares durante un tiempo, les escuché cantar a duo esa canción comprendí que volviamos a emprender un camino de fanfarrones, héroes de la noche, sin capa ni disfraz y sin manual de vuelo sin motor.

Lo peor del amor es cuando pasa, cuando al punto final de los finales no le quedan dos puntos suspensivos

Y a partir de ahí es cuando verdaderamente empezé  a interesarme por la música de Joaquín, empezando por el disco que ya llevaba un par de años publicado, una obra de arte, una colección de canciones exquisitas, un manual de perdedores, un brevario de calaveras sin miedo a la muerte. No hay corte malo en ese disco y aunque busquen en mi colección casera de discos no lo encontrarán porque nunca lo tuve en propiedad. Esas piezas las aprendí de cassetes que hoy deben ser reliquias con sus derechos restringidos de amor. «A mis cuarenta y diez», «Donde habita el olvido», «Barbi Superestar» y muy especialmente «Ahora que…» engendraron mi tribulación hacía Sabina. Algo que ayudó mi primer trauma emocional y que además era el contrapeso al otro tipo de música que yo escuchaba en voz de Héroes del Silencio y Búnbury. Con Joaquin descubrí la poesia musical, la belleza rítmica, la importancia de conocer el idioma, el arte de encajar las palabras en la expresión adecuada, en la sencillez semántica y sobre todo y ante todo la belleza poetica a la que le atribuyo la cualidad de justicia poética.

Y aunque a Joaquín y a mi nos separan una retaila de vicios nos une al mismo tiempo un impúdico gusto por habitar los bares, frecuentar esos lugares santos y benditos  que tantos momentos de inspiración y de crepitación, de subida al cielo y bajada al infierno, de correteos por la cintura de flores de un día nos han regalado. Los bares con sus cervezas, digestivos y demás licores alucinógenos, con nuestras calaveras en los dedos que sujetan los vasos, dibujan a boligrafo unas letras o teclean unas teclas para conectar almas separadas, que como las nuestras no se encotrarán pero que cohabitan en inmensa felicidad y connivencia.

Joaquín es el rey del verso. Esos que vienen y van, de estirpe corta y directa. Esos versos de contradicción masculina repletos de un léxico amplio, variado, de diferentes procedencias, esos guiños al castellano latinoamericano y sobre todo esa sencillez de significado, esa acertadisima forma de escribir retórica, esa capacidad de hacer enteder versos contradictorios como condición humana sin maldad y con cuotas de amor infinitas.

No es menos significativo que algunas de las personas a las que les encanta la obra de Joaquin son un poco como él, y son hombres y mujeres que viven su antinomia con dignidad pero arodillandose a la creatividad sabinera.

Siempre me ha asaltado la duda si la voz rasgada, rota, ajada de Kike, perdón de Joaquin Ramón Martinez Sabina era más autentica en sus canciones grabadas en el estudio o en sus canciones en directo. Yo lo tengo claro, como el directo no hay nada. No hay nada. Es inigualable. Pero a pesar de esto he decicado un tiempo de mi vida a hacer una lista de reproducción con diez de mis canciones favoritas del hechicero jienense en sus dos estados, primero en directo y luego en estudio. No se ni me importa si son las mejores pero se que son mis canciones.

 

Y que cada uno ponga el alma que quiera y las escuche con las contradicciones que le surjan. Escuchen y comparen y entre tanto disfruten.

Gracias Joaquin por enseñarme que las noches a parte de para cerrar los bares están también para escucharte en casa, propia o ajena, para besar pensando en tus versos, y para escribir, aunque sea a bajas horas del ya nuevo día, unas humildes letras pensando en ti, en tu genio.

Gracias Joaquin por existir….

 

Dedicado a Kike y a los habitantes de los bares, los presentes y las ausentes.

El mito

juan valdivia

Hoy es el Día Mundial Homenaje a Héroes del Silencio. Nunca lo he celebrado ni le he dado ninguna importancia. No he creido necesario darle relevancia a un día cualquiera para escuchar música de mi banda favorita, esa que desde los doce años me abre secretos que aún están dentro de mi. 

Pero algo cambió este año. No solo es que haya en Salamanca un concierto sinfoníco con las canciones de HdS. Es que entre sus asistentes haya dos miembros de Héroes. Y para mi es algo muy especial que asista Juan Valdivía, guitarrista y creador de muchas de las armonías y arpegios de las canciones del grupo zaragozano. Su particular e inconfundible modo de tocar me marcó desde muy niño. Esa limpieza musical, ese arco iris que seducía mis oidos, esa forma hilvanada de tejer melodias de guitarra. 

Si las letras fueran, son y serán evangelios rutinarios en mi día a día yo le daba una importancia vital a lo que me susurraba la guitarra de Juan Valdivia. Siempre imaginaba que quería expresar él con su guitarra. Si algo tenía que decir con su nexo con las letras porque la textura de las seis cuerdas en muchas ocasiones iba en consonancia con lo que se decía en sus versos. 

Esa inquietud algún día quisiera resolverla.

Hoy va a estar presente en la platea del auditorio. Será la vez que mas cerca le tenga. Su sola presencia hace que mis piernas tiemblen, me emocione y me inquiete.

Si dijera que no soy mitómano mentiría una vez más. No es habitual oirme decir la verdad ultimamente. Pero lo que si es cierto es que en mi lista de preferencias Juan Valdivía estaba en primera posición a la hora de desear conocer a alguno de los miembros de Héroes del Silencio. Siempre soñé con invitar a Valdivia a una cerveza. Se que le gusta, y mucho. No quiero una foto necesariamente. Solo espero una firma en el disco que llevaré, el disco que resume toda la carrera de HdS. No se si tengo más interés en ver el espectaculo musical de una banda tributo con la Joven Orquesta Sinfonica que tener la posibilidad, por breve que sea, de tener cara a cara al maestro Juan Valdivia, mi mito. Si eso ocurre, ya me podré morir tranquilo …. y tarde. 

El éxtasis

Vetusta Morla

[dropcap]Q[/dropcap]uién inventó la música, ya fuera de forma casual o provocada, fue alguien que seguramente no preveyó las consecuencias que tendría en la humanidad. La cantidad infinita de sentimientos que puede despertar una serie de sonidos, armonias, acordes y demás elementos musicales que eleva hacia la inmensidad la felicidad de los sentidos no los podemos meter en un solo saco.

Tengo la costumbre, creo que muy buena, de ir a conciertos que realmente me apetece ir con gente que quiero, que me importa. Compartir un deseado concierto es como compartir una buena botella de vino porque todo compartido sabe mejor. Y a este Interestelar de Sevilla he ido con la gente que, ciertamente, anhelaba volver a coincidir en un acontencimiento musical tan etéreo como ver a Morgan, Ivan Ferreiro, Mikel Erentxun…. pero sobre todos a Vetusta Morla.

A Vetusta Morla le había visto hasta entonces en cinco ocasiones, ya seis, obviamente, repartidas dos veces en cada ciudad mágica: Salamanca, Santander y Sevilla. En cada una de ellas la expectativa era diferente. En esta ocasión venía de la cara y cruz del año pasado. Musicalmente en Salamanca, el día que presentaron su disco, fue brillante y especial pero en Santander fue un calamitoso concierto a nivel músical, remendado por mi feliz estado emocional. Así que me presentaba en Sevilla a dirimir un empate. Y extrañamente en nosotros, nos postulamos muy adelantados entre la plebe, aprovechando la privilegiada posición en la que vimos a Erentxun nos hicimos fuertes en esa cuadrícula de terreno durante una hora si bien fue un tiempo entretenido con conversaciones apretados y a empujones con extraños y conocidos que dejarían de serlo en un rato.

Uno de los mejores conciertos en los que he estado. No se si musicalmente fue extraordinario pero emocionalmente siempre estuvo en la cumbre y de ahí no se bajó.

Una vez comenzó el espectáculo nos posicionamos de forma más amplia y espaciosa entre el apasionado público, entre los que nos encontrábamos. Ya desde el principio, como un flechazo sentí una conexión especial con lo que estaba sucediendo en el escenario. Percibía una energía muy empática en la banda que me llegaba a los sentidos mediante sus canciones. Y no lo tenían fácil puesto que ya con cuatro discos de estudio hay que elegir muy bien los temas a tocar. Parecia que me daba igual lo que sonara, lo importante es como me lo transmitían. Yo notaba un fuego queVetusta en Sevilla prendía la mecha de la emoción y que nunca se apagaba. Como me gusta gran parte de la obra músical de Vetusta Morla no me mostraba enfadado por la ausencia de algunos de mis temas favoritos, dígase «La deriva», «Rey Sol»o «Punto sin retorno». No me importaba, iba disfrutando una a una cada canción como si fuera la última y sobre todo recibía la energía que generaba Pucho en el escenario con su interpretación vocal y sobre todo con un movimiento encima del escenario, un ir y venir, una pasión que hacía que se infiltraran las letras de Vetusta en mi piel sin dolor alguno. Esos «Cuarteles de Invierno», esa «Copenhagen», ese «Fuego. Todas estas canciones hacia que nos miráramos entre nosotros y agitáramos las manos dando a entender el pedazo de concierto que se estaban marcando  y nos quedáramos mudos porque no acertábamos a articular palabra. Como punto álgido de esa emoción ya en la parte final del espectáculo Pucho se bajó a la arena y entre el público cantó «Mapas» y ahí estabamos nosotros. Pasó entre nuestro grupo y la sensación de tenerlo hombro con hombro mientras no dejaba de cantar fue una de las más brutales que he tenido como espectador de un concierto. Con la emoción a flor de piel enfilamos el final del concierto, intentado coger aire para los esperados «Los días raros».

Llegado a este punto cada uno de nosotros ya estaba desnudo, se había despojado de la carícatura que eramos hasta entonces. De esos problemas que lastran la felicidad o de esas ilusiones que se convierten en sueños, de esas penas, de esas mierdas, de esas nostalgias o de esos anhelos. A estas alturas con tantos versos ya cantados estábamos dispuestos a vaciarnos. Y puede ser difícil explicar que alguien llore con la música. Y no se el como ni el porqué pero había alguien abrazado a mi que aunque parezca mentira no me impedía disfrutar de mi tema favorito. Su abrazo buscaba un consuelo que era irreal pero ese desahogo me servía para contagiarme la energía de los momentos únicos. Yo no estaba pasando por el trance pero le comprendía. Quien soy yo para preguntar el porqué de su desconsuelo pero emocinado estaba de ser yo el que soportaba esa gran mole de humanidad que buscaba un hombro mientras «nos quedan regalos por abrir». El éxtasis fue inmenso, incuantificable e indescriptible. Me quedé vacio. Vacio de nostalgias, de recuerdos, de discursos. Pero lleno de energía.

El concierto fue una epopeya. No quiero estropearlo con más palabras. No debes perderte un concierto de Vetusta Morla.

La vida es un festival

[dropcap]C[/dropcap]omo casi todas las buenas cosas que suceden mi presencia en el festival de Santander no estaba prevista pero alguno de ellos cinco me animó e invitó formalmente a asistir y ya no si era la actuación de Vetusta Morla o que excusa musical, si es que era la principal, la que me llevó a mi primer festival desde aquel lejanísimo Viñarock del 2005. Había pasado casi una década y las condiciones del viaje era ya de un señorito, no de un joven campista calimochero. Aquel festival, celebrando además mi treinta y seis cumpleaños, quizás sea recordado por el éxtasis total y la fascinación protuberante que sufrí y recibí al ver en directo por primera vez «Los días raros» de Vetusta Morla. Y de aquella emoción nos prometimos que cada año intentaríamos repetir la convivencia comunal durante unos días con la excusa de ir a un festival.

Fue leer el nombre Vetusta Morla y hace ocho meses que compramos el abono sin conocer ni un grupo más. No importa. La sola presencia del sexteto de Tres Cantos y de la pléyade de amigos que íbamos era una buena justificación para ir. El Interestelar no dejaba nada al albur. Era apuesta ganadora segura. Pero sufrí una antinomia indescifrable. Llegué a considerarlo una caterva y había desistido en mi intención de asistir. Pero pasé el Rubicón de las dudas. Y una pequeña alteración emocional me invitó a redimirme de la idiotez. Allá vamos Sevilla, allá vamos amigos.

Aquí empezó todo.

Un festival que empieza con la mejor voz femenina de la actualidad es una razón de peso para llegar puntuales y dispuestos a soportar el enorme y sofocante calor que se espera en Híspalis a esas horas. Morgan, con Carolina de Juan a la voz, nos espera y yo voy a ser su «Sargento de hierro», esa canción que me conmueve, no voy a fallarla. Le daré otra oportunidad, la tercera a La Moda. Y después ganas muchas de ver a Zahara en concierto y ser «la bestia que cena en casa». Sin momento para el descanso seguiremos con Iván Ferreiro. Ese mismo al que en el festival origen de todo, en Santander, lo critiqué hasta la extenuación y creo que razón pues allá nos hizo tragar un concierto horroroso. Ahora es diferente. Después de haberle visto en directo unas cuantas veces me ha ganado. Tiene canciones maravillosas, especialmente su «Pensamiento circular», esa canción que me hace ser proclive a la avería y que me hace pensar, no muchas veces ni tampoco pocas, en ti. Posteriormente obviaré a Rozalen. No me gusta nada lo que hace aunque es digno de resaltar que todas sus canciones pueda ser leídas por personas sordas. Pero veré por primera vez a la murciana Kuve, todo lo que sean voces femeninas me atrae y terminaré la noche viendo a su hermano Second. No soporto a Fangoria ni tengo interés en lo que queda para esa noche.

Al día siguiente sábado, además de intentar sobrevivir al fuego del sol, empezaré con Carmen Boza. Tengo interés en saber si me gusta o no. No lo tengo claro. Luego coinciden Alice Wonder y Shinova. Dos moderneces que no me entusiasman pero que quiero volver a escuchar alguna canción a cada uno. Después de ellos llega Mikel Erentxun. Ay….Mikel. Lo veré por hacer compañía a mis amigos que quieran verlo pero solo un ratito porque casi se solapa con Tu otra bonita. Hace un tiempo te diría que es un genero de música que no me gusta. Lo reitero pero han conseguido que ,escuchando ciertas canciones y aún estando lejos de mi estilo preferido, sienta simpatía por sus temas, especialmente «Grita» y «Vamos». Seguro que lo vamos a pasar bien con su rumba. A renglón seguido uno de los platos fuertes, Depedro. Qué artistazo! Muchas ganas de ver su espectáculo. Una pena que no pueda verlo completo porque unos minutos antes de finalizar tengo que dejarlo para coger buen sitio para ver la razón de mi viaje a Sevilla: Vetusta Morla. No me importa el espectáculo que vayan a presentar. Bien sea la secuela de su última gira o algo relacionado con «Un día en el mundo». Me da igual. Me gustan ambas opciones. Vetusta Morla es el conticinio donde sólo escucho lo que ellos cuentan. Vetusta Morla es la emoción, el ir más allá. Es el ángel y demonio que llevo dentro. Es la denuncia elecuente. Es la belleza del instante. Es la metáfora imperfecta que usar en cualquier situación. Es la ira de la ilusión.

Y ese será el fin de mi festival musical porque el de la vida dura hasta el regreso. La buena compañía y una buena canción es una razón inmensa para estar feliz y para disfrutar de ellas y ellos. En Sevilla, estos días seré turista, quien sabe si en unos meses será un huesped. Hasta entonces, a disfrutar.