He sido, si no lo soy aún un horroroso marido, un pérfido y frugal amante y un desazucarado novio. De los tres estados, del líquido, gaseoso y sólido estuve charlando con mi psicoanalista en mi última visita mientras se balanceaba la mecedora a la que que me invita a sentarme cada vez que la visito. Me suelto con ella, y siempre empiezo preguntadola que papel me toca desarrollar ante ella, la mujer más hermosa que jamás he conocido. No se si esta vez acudí como novio quinceañero, amante decepcionante o marido insulso. Y eso que entablamos una transparante conversación día tras día, hasta que empezé a cuestionarme si los cincuenta euros de cada sesión estaban bien empleados.

Porque lo que empezó como una una vehemente charla de conocimiento personal acabó ese primer día como una declaración de amor tan breve y tan directa que era la misma escena que tantas y tan inútiles veces había protagonizado en la barra de un bar. Yo estaba allí sentado pero con mis codos reposando como si estuvieran en la barra de un bar y delante ella, mi camarera, la que servia cervezas solo para mi.  Había perdido el hilo de lo que yo le iba a hablar, pero es que fue ver sus manos y recordarme tanto a la silueta que yo pretendía olvidar que inmediatamente sustituí el personaje de mi historia por ella.

Joder, que patético sería poner a contar lamentos patéticos, lacrimógenos y obsesivos si delante de mi tenía a mi diosa, no me importaba lo que durara, era mi diosa.

Al poco rato de contar mis chorradas me di cuenta que no era mal conversador y ella ,como buena profesional, me transmitia empatía. Yo con eso me conformaba. Salí, al rato, de aquella habitación de la que parecía su hogar con un sensación de desahogo brutal que duró apenas el tramo de escalera y la distancia hasta la calle. Otra vez las gafas de sol, oscuras en pleno invierno, para que no se viera el drama interno que me hacía sentirme angustiado todo el día.

Pero estabamos en el último día, no llevo la cuenta de las veces que han sido pero la cantidad ya debe rondar los tres ceros de euros. Da igual. El caso es que creo que se debe dar cuenta que mi discurso va perdiendo coherencia. Y dentro de mi pesimismo tan habitual intento acudir a su consulta con alguno de los estados estudiados. A saber; novio, amante o marido. Creo que me está manejando, de alguna manera le parezco patético pero buen pagador o será que le gusta el perfume que uso aunque este argumento se cae a pedazos porque cada vez uso alguno diferente, no le doy importancia a cual sea. Total. Tonto, cornudo, feo, gordo, amargado pero buen pagador que al final es lo que importa.

Me decidí por el marido. La noche anterior había visto una pelicula que me había dejado ñoñas total y echaba en falta a alguien en mi cama. Con lo cual la conversación fue sorpresivamente tomando un cariz de barra de bar aunque no habíamos tomado nada, ni me lo había ofrecido, y yo había llegado a su consulta sin pasar por el bar de la esquina a tomarme mi habítual caña pre-consulta. En esto, que ella empezó a hablarme con una voz meliflua. Yo estaba limerente. Aturdido y confundido porque ella se mostraba fuera de su papel de terapeuta. Tuve la sensación que esta vez era yo el que iba a cobrar la sesión. Y me descolocaba las fotos familiares que veía detras de ella, porque ella era tan guapa, tan hermosa que ni siquiera su gesto se mostraba desagradable para mi vista.

Por fin llegué al momento de levitar cuando no pude por menos de abalanzar la mecedora hacía delante y la cogí la mano. Se la toqué. La apreté con suavidad. No era capaz de articular palabra. El silencio retumbaba por las cuatro parades. Lo rompí para decirla una sola frase:

– Yo vengo de ahí.

Solté su mano y por mi vista como unos rodillos de máquinas tragaperras pasó la imagen de su marido o lo que fuera el de la foto, su presunto hijo, mi amante, mi novia y mi ex-mujer y en ese impás la máquina paró los rodillos y en la linea mágica salió su imagen. Premio. Había ganado la especial. Desde hacía mucho, pero mucho tiempo no sonreía ya de una forma tan sugerente. Es como si ella hubiera sido la verdadera protagonista de mi desdicha.

Ese mágico instante se acabó.

– Por hoy, hemos acabado señor.

Metí la mano en mi bolsillo para sacar el billete de cincuenta que llevaba, como siempre, preparado.

– No. Hoy no hace falta. Es la última sesión. Esta es gratis. Hemos acabado con la terapía.

No fui capaz de decirle ni una sola palabra. Ni de pedirle explicaciones. Ni siquiera de preguntarle que demonios me pasaba. Me levanté y ella no lo hizo. Eso fue muy extraño. Se quedó en su sofá, se quitó las gafas y suspiró. Al abrir yo la puerta para irme, giré la cabeza. La miré, la sonreí y me fui. Sabía que a esa camarera no la volvería a ver jamás. Esa era mi historia una vez más.

Canción para hoy: «Dusty trails», Lucius

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