Con los pantalones bajados a la misma altura que la verguenza poética, siendo mis testiculos testigo de un solitario compañero, llevo el color rojo de la sangre impregnado en los primeros. Me siento fuerte, vigoroso y ardiente y embisto a la vaca por donde más le duele. Sin terror, no hay dolor. En el parque ando buscando la entelequia que desde mi ventana diviso, allá, lejos puede que dirección Castellón, noreste o bien Guatemala, suroeste. Mancho a cada pasa, con goterones de placer que invocan la búsqueda incesante del miedo al que escribir. Pues el miedo es algo tan hermoso que nos lleva a explorar los caminos más deshabitados de un corazón. Tengo los cojones hinchados de tanto hervor. Rojos, coloraos… para perder el pudor aventurero, para sumergirme en un sinfín de contradicciones, para escribir placenteramente. Como esta noche.

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