Es imposible divisar en el horizonte la importancia que han tenido y tienen para mi las canciones y en especial algunas canciones de la mecha emocional del idolatrado Bunbury. Dejando a un lado las canciones bajo el sello de Heroes del Silencio hay dos canciones que fueron, son y serán las bujias de mi corazón y de la emoción. Y para hablar de algo que no sea triste, voy a hablar de la tristeza. Una obra maestra del maño es «El rescate», una colección de versos que están tatuados uno a uno en mi cuerpo, en mi mente y en mis manos. «El rescate» es un alegato a la esperanza, a la voluntad de permanecer naufrago de una amistad, probablemente, a la reconocida necesidad de echar la vista atrás y rebrotar sentimientos indivisibles por mucho daño que nos hagan. Es volver a saber donde sabes que no debes estar, pero sabés, que sólo ella puede reconducir tu situación. «El rescate» es una canción tristemente esperanzadora, bucólica, optimista, en resumen, contradictoria, como toda la obra de Bunbury. «El rescate» marcó mi tristeza más alegre, mi soledad acompañada. La permanencia en la selva fue la visualización de estar solo entre la marabunta, aquel anonimato de Madrid, la despreocupación por el entorno, la voracidad del reloj ante la necesidad personal reaccionó solicitando la repatriación inmediata a pesar de vivir con mis amigos de la adolescencia. Y para colmo el verso «sólo tu puedes pagar mi rescate, devuelveme el amor que me arrebataste o entregaselo, lo mismo me da, al abajo firmante, pues no hay en este mundo aunque parezca absurdo ni en planetas por descubir lo que aquí te pido….» acabá de emborrachar mi huidiza melancolica. «El rescate», una de las diez mejores canciones de la decada, sin duda.

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