Sabes que Sara pierde la razón cada vez busca una excusa para no venir a comer. El sábado estuve cocinando por la tarde, en la decaida hamaca de la sobremesa sabatina. Fui al super a buscar todo lo que me hacía falta. No llevar reloj me impide alterarme. Me da igual que haya cola en la caja en el momento de pagar que esté la cajera esperando solita a cobrarme. Y con buena musica empezé a preparar todo. Mi menú llevaba kilos de ilusión y empeño por pasar un buen rato. Nada fuera de lo fundamental con un buen vino y seguro que una agradable conversación. Y sé que cuando las tostas tienen buena pinta es el preludio de que todo va a salir bien. Si no fuera porque ensucio un montón de cacharros hubiera cocinado con menos prisas.
Sonó el telefono, mi móvil que aturdia mis oidos como reproductor de mi música. Sara. No decía nada, escucha su respiración y en su silencio me aseguró que no vendría al día siguiente.
Un Gintonic de Tanqueray, cortito y fresquito. Lo bebí… no, lo engullí. Otro, por favor. Hasta que fuera capaz de escribir algo en mi mente, algo que no pudiera contar. Esto.

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