Así sin casi queriendo me encontré en un cajero del BBVA en Santiago de Chile, casi nada. Tiene dificil explicación pero ya lo hice en otro artículo. El caso es que aproveché para pasear por Santiago, subir al Cerro San Cristobal y divisar una de las vistas más espectaculares que jamás haya visto, muy parecida a la que recién vi en Bogotá. El final de la ciudad no se divisa con la vista. En Santiago vi y sufrí la mayor aglomeración de gente que jamás haya vivido, en su metro, a primera hora de la mañana. Horrible. Un hormiguero humano. Difícil comprender esa situación cada mañana. 

Sin venir a cuenta me fui de Santiago. Sentí como si nada tenía más que hacer allá. Un razonamiento poco razonable en una ciudad tan enorme. Aún así no supe encontrar que hacer y volví hacia la Argentina, camino de Mendoza, atravensando los Andes mirando desde el autobús el impresionante Acongagua. Un bellísimo trayecto desde la capital chilena a Mendoza donde la cuestión vinícola era de mi interés. Volví a alquilar una bicicleta el día siguiente de llegar. Precisamente volví a cometer el mismo error, ahora es más fácil verlo, de reservar hostel el día antes. Arrivé a un hostel muy chulo en un barrio peligroso de la ciudad. Asi que al levantarme abandoné el hostel camino de alquilar un bici para visitar una parte vinícola a las afueras de la ciudad. Me hicieron una visita en una bodega solo para mi. Pues eso. Un rollo. Empezaba a cansarme de hacer cosas solo. 

Al terminar esta actividad e ir a mi nuevo hostel emprendí una caminata largisima por la ciudad. Pleno centro y mi rercuerdo no es excesivamente grato. Pero al caer la noche y regresar al hostel vi un cartelito de algo de un «Valle de la Luna». Total, que ante la busqueda constate de nuevas aventuras decidí, despues de descartar alquilar un coche, llegar a San Agustín del Valle Fértil. Vaya recompensa tuvo la osadia! Otro viaje largo en bus que disfruté, como todos, pues la gozo en cualquier exploración y cada viaje en suelo argentino era descubrir algo nuevo. Yo feliz después de no se cuantas horas llegué a ese pueblo y al llegar conocí a un tipo con el que pasé tres días estupendos, Juan «Gallego» Fabre. Un motorista que estaba de paso tambien conociendo el pais saliendo de su BAires. Era aquel un pueblo de casi cuatro mil habitantes, la puerta de entrada del Valle de la Luna o Parque de Ischigualasto. El caso es que mientras daba los datos en recepción conocí a este tipo del cual me hice inseperable. Me arrimé a este viajante con don de gentes y con otras gentes del hostel participé en mi primer asado en suelo argentino. Se me hizo largo aquella barbacoa pero pasamos una noche con otros huéspedes fenomenales y ya iba conociendo una de las grandes costumbres argentinas. Con el gallego Fabre aprendí a entender el rugby puesto que Argentina jugaba la semifinal de la Copa del Mundo de aquel año. Como disfruté aquel rato en ese pueblin. Ese día tambien eran las elecciones a la presidencia del pais y se vivieron como un partido de futbol o rugby. Fue un día intenso. Al día siguiente entre unos cuantos alquilamos un coche para ir al Valle de la Luna. Pasé un gran dían con un argentino, una francesa y una

Lo que más disfruto cuando viajo es conversar, no tiene que ser nada excepcional. Sencillamente la cotidianidad de nuestra vida. Hablé mucho en Iruya, en Cafayate, en Tigre, en Buenos Aires. Solamente necesito un interlocutor que tenga la empatía de tener un dialogo conmigo

elambulante

holandesa. Aunque estaba en Argentina por momentos me sentí en Marte o en algún planeta alejado del nuestro. En el viaje de regreso a la gente le dije que yo quería seguir hacia el norte con lo cual el tipo que nos hizo de chófer me aconsejó que me quedara en un cruce apostado a que pasara un bus. Por primera vez en mi vida pensé en dormir a la intemperie porque el bus podía o no podía pasar, no tenía días fijos de ruta. Por momentos  pensé en la aventura. Al final, así como soy yo, me decanté por la via conservadora y volví a San Agustín para que al día siguiente alguien, que por supuesto fue ese cabrón de chófer me llevara al mismo cruce por una cantidad de pesos que estuve a punto de tirarselos al suelo. Pero cuando viajas así hay momentos que no tienes opción. Me despedí a la mañana siguiente del gallego Fabre, él siguió su ruta en moto, yo seguí mi ruta hacia lo desconocido. Con la muchacha francesa y el chantajista chófer nos fuimos a aquel cruce en pleno desierto de la provincia La Rioja. Allí, por primera vez, hice autostop. Ni siquiera en Paradinas había ido jamás parando un coche a Peñaranda. Jamás. Tuve que irme al otro lado a hacerlo. Después de unas tres horas vagando por aquella carretera nos paró una auto de lujo y un par de orihundos bastante majos. El rato que nos llevó ese viaje hasta La Rioja fue enriquecedor, mucho. Disfruté mucho ese tipo de conversaciones. Hablar de la vida, sin prisas, ni urgencias. Amo esas pláticas, ese intercambio de costumbres.

Enlacé sin casi conocer más que la estación de bus La Rioja, Tucumán hasta llegar a Cafayate. Allá queria ver su conocida quebrada. No me defraudó los colores, diversos, anaranjados y marrones, parecia un aterdecer encrustado en una ladera. Tampoco el asado que se hizo en el hostel. A pesar de tener que beber casi obligatoriamente Quilmes. Ese enjambre de nacionalidades en el hostel fue muy rico.  Me gustó lo de hacer autostop en otro continente, el no conocer los horarios de los buses, si es que existian, y con un par de valientes adolescentes francesas nos emplazamos, a la tarde siguiente,  en una carretera que conduce a Salta, mi siguiente punto de aventura argentina. A Salta no tenía pensado ir pero es la ciudad de mi buen amigo Nahuel, entonces, creí que debía ir a conocerla. A las francesas y a mi después de unas horas y ya de noche nos recogió en el medio del desierto un autobús. Y si. Di con mis pies en Salta. Y la primera noche fue la segunda peor de todas las noches de elviajeambulante. Mis huesos dieron en un hostel de adolescentes y aquello fue simplemente desquiciante además de cutre. A la mañana siguiente, cambié de hostel, empecé a descubrir que como los habitaciones individuales no hay nada. Mejor pagar un poquito más y tener algo más de comodidad. Así pues, en Salta, aún no sacando todo el jugo que pude y debí, fui al teatro, al museo, a los bares. Pasé dos días tranquilos. Viendo fútbol europeo en el hostel con otra gente. Saliendo a pasear en una ciudad bastante cómoda para hacerlo. Y aquí era consciente que esta Argentina era completamente diferente a la Argentina de Bariloche y por supuesto a Ushuaia que es una isla dentro de ese país.

De Salta quería ir a Humahuaca para hacer mi última escala en suelo argentino. Al bajar del bus después de otro largo viaje, me dí con el primer sopetón de bruces de el viaje. La altura de Humahuaca, a casi 3000 metros de altitud, me reveló lo que es ,sin esperarlo, respirar con dificultad, la falta de aire, la poca capacidad de tus pulmones y tener que parar de caminar cargado con tu mochila cada dos pasos. Los primeros minutos, nada más apearme del autobus fueron casi dramáticos. Entonces sabes que no tiene sentido continuar al ritmo que venías llevando. Y relativizas. Me quedé sentado un buen rato viendo la vida pasar en un banquito de aquel pueblo hasta que mis pulsaciones volvieran a un ritmo más habitual.

De este paso por este lugar no tengo un grato recuerdo más allá de que su famosa quebrada es muy espectacular al ojo humano. Pero tuve una mala experiencia con el tipo que me llevó hasta alla, el dueño del hostel donde me alojé. Después de reiterados intentos por abonar esa excursión, llegué a la conclusión que el tipo era un liante. Total que me quedaban en el bolsillo diez dolares americanos y la moneda argentina justa para pagar el bus y la excursión que le debia a la quebrada y al cambio cuatro o cinco euros más. Al no querer cobrar decidí irme. Hacer un sinpa en toda regla. Pero al irme a la estación vi que habia buses a Iruya, un pueblin en la reserva de los Yungas a tres horas de donde estaba. Un pueblo conocido por su agraste y revirado acceso y estar practicamente colgado en la montaña. Allá que me fui y es hasta hoy una de las experiencias más excitantes que he vivido pues el trayecto en bus es para gente sin miedo al vacio y capaz de confiar a ciegas en el manejante de ese bus. Era alucinante que para algunos virajes parte del bus quedaba asomado al precipicio. Una montañas asombrosas de colores. Mi vista y mis sentidos se debatían entre la felicidad de lo que veía y la angustía de que pasara algo. Pero, que iba podía hacer yo para que algo no pasase? Nada. Así que solo me quedaba disfrutar. Y eso hice. En aquel pueblo hice una caminata con un tipo, que posteriormente me traicionó. El caso es que tenía mis pies a tomar vientos y era muy feliz caminando solo entre cabras y rios. Volví al pueblito y me metí en un local que vendían cerveza. Allí me metí a «hablar» con un paisano. Apenas le entendía. Que más da? Si la vida me ha regalado estar ahí no necesitaba entenderlo, solo disfrutar de su compañía.

Al volver, haciendo el mismo y peligroso recorrido en bus, a Humahuaca era ya tarde como para coger el bus hacía La Quiaca y atravesar la frontera de Bolivia. Como había hecho un sinpa no podía alojarme cerca de ese hostel. Encontré uno que me cobraba menos del dinero que tenía en mi bolsillo. Di, en medio del pueblo, con un hostel precioso, acogedor y barato. Pero no tenía nada de cenar. Al salir a comprar algo un tipo me debío ver, dió el chivatazo y fueron a reclamarme la deuda violentamente a mi habitación. Yo allá respondí que un castellano nunca se va sin pagar, otra cosa es que no quieran cobrar. Y el recurso de llevar siempre un billete estadounidense sirvió para atenuar el cabreo del tipo. Mi conciencia entonces entró en una espiral de culpabilidad. Me sentía fatal. Aunque todo se fue al olvido cuando al ir a preparar la exigua cena coincidí en la cocina de ese encantador hostel a Eva y Marc.

Una argentina y un belga, muy diferentes, muy singulares. Unos tipos que , volverán a protagonizar estas lineas. Despúes de unas estupendas horas de conversación en aquel hostel sin la molestia de ningún otro huesped y con mi conciencia más liberada, me fui a dormir por última vez en suelo argentino.

Próximo capítulo: «El paso a lo desconocido»

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.