"Quien quiera cambiar el mundo debe empezar por cambiarse a si mismo" - Socrates -

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Un paseo carnal

No fue la casualidad pero quién sabe si fue el destino lo que me llevó a una habitación enormemente luminosa, decorada tan desnuda que el minimalismo a su lado es un concepto desmesurado.

No me hizo apenas pasar por el salón ni siquiera me ofreció algo de beber, me pasó directamente al habitáculo donde se suponía culminaríamos una noche de entretenimiento adornado con diálogos con sustancia sobre experiencias amorosas previas salpicadas de ironía e indirectas. También hablamos de deporte, desde lo que le gusta el baloncesto a lo que me gusta el senderismo. Hablamos de viajes, de las decenas que ella hizo y de los poquitos con los que de anécdotas pude yo contribuir a hilvanar sus palabras. No tuve tiempo ni de pasar por el servicio, apenas de pedir nada. Me vi hundido en su mullido y acogedor colchón debajo de ese cuerpo bendito que tanto se perfila y moldea a su gusto. De actitud cariñosa a la más lasciva de sus intenciones. Enredado entre sábanas, besos y revolcones se pasó la noche hasta que a el día le dio por nacer.

Apoyado sobre el cabecero de su cama, observándola durmiendo y apurando mi primer cigarro del día me preguntaba una y otra vez como esa mujer de tan suntuosa cultura que no dejaba nada al albur podía haber consumado conmigo esa noche de otoño, fría. La mañana parecía igual y yo sin apenas hacer ruido me vestí y me fui impresionado y con una antinomia infinita.

Al llegar a casa, cansado y aturdido, hice le desayuno lentamente para intentar digerir lo sucedido. Cuando sentado en el salón mirando hacia la ventana, degustando mi café con tostada el inmisericorde teléfono sonó insistentemente en forma de mensajes de WhatsApp. Los obvie, no quería leer lo que ella, lo que supuestamente ella me decía y que yo quería dejar pasar. No era mujer para mi, pensaba contradictoriamente. Me desentendí de mensajes sucesivos, hasta casi diez.

Acabé el café, encendí un pitillo y me quedé dormido.

Casi a la hora de comer abrí un ojo y desorientado me vi vestido y abrumado. Como si el alcohol a raudales hubiera invadido mi mente tuve unos segundos que no sabía ni donde estaba ni que hacía. Pero era mi casa, mi hogar, mi sitio. Por un instante, todo volvió al orden. Pero no recordaba que no quería leer los mensajes que me habían llegado al móvil y volviendo al ritual de cada despertar vi que había casi diez mensajes de alguien tan especial como misteriosa para mi. Tan prohibida como deseada. Y nada más y nada menos que en sus mensajes me lanzó la invitación a quedar por la tarde a tomar unas cervezas….

continuará

 

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