El trauma

Veinte de agosto, el día que arrojé mi alma perdida al mar. Bien podría ser el dieciocho de octubre, el quince de enero, el diez de octubre, el veintiocho de noviembre, el veintidós de julio, el seis de abril, el diecisiete de agosto… y así una retahíla de días.

Tengo en mi poder el arma arrojadiza de grabar a fuego ciertas fechas del calendario, a veces de forma selectiva pero otras cuantas de manera involuntaria que empiezan a formar parte de mis archivos memoriales imprescindibles. No siempre son buenos acontecimientos los que se quedan grabados pero en su mayoría son días que generan de uno u otro modo felicidad.

El veinte de agosto de un año atrás empezaba un sueño en una ciudad Santa. Un sueño tiene derecho a grabar a dolor una fecha? Si, claro y también a generar un trauma. Con sus heridas y cicatrices, con todo su sentido emocional.

Todas y cada una de ellas llevan momentos , escenas únicas e irrepetibles con una dosis de nostalgia que a cada una le aplico la chispa adecuada. No soy muy amigo de la reiterada visión trasera, la nostalgia es la medicina de los perdedores pero contradictoriamente me gusta en cada fecha señalada echar un ojo en forma de dardo para dar en la diana correcta de la felicidad y que ese recuerdo sea vitamina, no analgésico, para cada día que nos queda por vivir. Me gusta echar una sonrisa en cada casilla del calendario señalada para agradecer, para decir te quiero o para sentir ese aliento necesario.

Dejemos que el calendario siga generando traumas.

Canción para hoy: «Bill Murray», Izal

Madrid, ciudad inmortal

elambulante en Madrid

Resulta extraño hablar con mesura de algo que amas y odias a partes iguales. Y que dañino es el odio. Cuanto mal hace al humano. Porque algo que en un momento odias pasas a amarlo apasionadamente.

Bien, soy un exagerado. Pero Madrid mola. A finales del siglo pasado con excusas parroquianas empezaron las visitas de fines de semana. Nuestra voracidad y la ausencia de dinero en los bolsillos convertían las noches de Madrid en ejercicios de supervivencia y de divertimento calimochero. Y cuando poco tiempo después mis mejores amigos de la parroquia emigraron a Madrid mis visitas fueron aumentando exponencialmente al deseo de descubrir una vida que no teníamos en nuestra ciudad. Fueron años de excesos, de goce y disfrute, de exaltación de la amistad, de pateos inmensos para evitar las tarifas nocturnas de taxi. De bares de yonkis, de bares de pijas, de bares cutres, de bares. De bares.

Con mi nulo sentido de la orientación las cabalgadas nocturnas por Malasaña en los últimos tiempos de botellones, de jóvenes en la calle, de las cervezas más baratas que en otros bares de Salamanca, de música, la vida madrileña se resumía en las horas que estábamos despiertos y siempre juntos. No perdíamos el tiempo con los móviles ni las jodidas redes sociales. El late motiv era vivir. Y conmigo mis amigos fueron muy generosos. La cuestión era llegar al Only You y mover la melena mientras compartíamos los litros de cerveza. Era el piso de Conde Duque, luego el de Argensola.  La melodías del rock y del pop era nuestra compañía en toda la calle La Palma hoy convertida en una calle sin alma. Los bares en los que habité y que por supuesto no recuerdo sus nombres fueron testigos de años felices.

Pocas ciudades han aportado tanto al relato musical. De una manera u otra Madrid fue, es y será un escenario imprescindible para quien quiera vivir de la música.

Y luego vino mi mudanza laboral. Y cuando parecía que vivir con ellos, en Madrid, lo que siempre habíamos hablado y sumarme a su convivencia de algunos años a los tres meses supe que Madrid no era mi sitio. Madrid, su jungla; La jungla me animó a escribir los primeros artículos de este vocerío que tengo por web. Madrid, tus bares ya no era mi salvación. Ni tampoco los locales de dudosa moralidad ni la compañía de señoras que eran señores con voz de Manuel, de Pepe o de Javier. Madrid, me agotaste aunque me devolviste a mi amigo de siempre de mi pueblo. Fue bueno por eso. Madrid, te odié. Y huí. Me fui a los pocos meses y la distancia que empezó a haber entre tu y yo era proporcional a las visitas que durante años te hice.

Y Madrid, yo aposté por ti. Jugué fuerte. Quería devolver a la verticalidad las torres de la Plaza de Castilla. Madrid, fuiste la diana equivocada. Pero volví a pasear sin ninguna prisa y sin tristezaheroes del silencio alguna por tus calles. Ese enjambre de vías que te llevan a donde quieres estar.

Madrid, vuelvo porque la razón aunque sea breve merece la pena. Madrid fue lugar clave para la carrera de Héroes del Silencio. El sábado voy a dejar me que me desalmes. Se benévola. Un concierto histórico aunque sea un tributo que tengo tan visto. Da igual. Quiero una vez más. Quiero disfrutarlo como si fuera el último. Porque nunca se sabe si me canso de ti o de vosotros. La cuestión es que no sea la rutina la que me oblige a visitar a la ciudad que sirve de hogar para tantos exiliados y es el amable refugio de los necesitados de vivir injustamente ahí. Y porque hay madrileños que les encanta su ciudad como no podía ser de otra manera y entonces se convierte tambien en nuestra casa. Siempre con las puertas abierta.

Y esas puertas han dejado escritas maravillosas canciones sobre Madrid y no solo Joaquin Sabina ha escrito versos irrepetibles sobre la capital del reino. Tambien grandes como Radio Futura, Quique Gonzalez, Xoel Lopez, Antonio Flores y otros tantos han dejado para la eternidad estrofas y melodías inolvidables sobre la casa de muchos ciudadanos del mundo.

En la prisión del deseo estoy junto a ti, Madrid