Joaquín Sabina, directo contra estudio

Sabina

Joaquín Sabina, Clint Eastwood, José Luis Garci, Bruce Springsteen… no! no se han muerto ni quiero que lo hagan. Ojalá estén aún mucho tiempo entre nosotros. Unos más que otros se acercan a ese punto trágico que tanto me preocupa pero mientras llegan a tan lastimoso trance me gusta rendirles pleitesía en vida y aunque ,lógicamente, ninguno de ellos leerá unas lineas mías no puedo por menos que, en vida, que es como se debe halagar, escribir unos parrafos sobre estos genios aunque empezaré ,sin pedir permiso al revisor, con el gran viajero que me acompaña desde hace tiempo y no es otro que el lumbrera crápula de Úbeda, Joaquín Sabina.

Como cualquier niño de los ochenta resultó imposible aunque no hubiera equipos de reproducción musical en mi casa no escuchar «Calle Melancolia», «Pongamos que hablo de Madrid» o «Así estoy yo sin ti». La tele, la caja tonta que a veces no dice tonterias, me permitió conocer a ese tipo triste y melancólico. Hasta ahí todo normal. Tiempo después vino el verano del 92, verano olímpico y que en mi primer exilio siendo un zagal me sirvió desde tierras barcelonesas para llegar a odiar a ese tipo al que un par de veces, si no más, al día en la radio le daban las diez, las once, las doce, la una y las dos….

No mucho despúes ocurrió que conocí a la persona por la cual escribo estos apartes y con quién además de escuchar a Los Ramones, a Siniestro Total, a Los Nikis y una tropelia de canciones inmundas empezé a frecuentar los tan hoy defenestrados karaokes. No era mayor para haber visto algunas cosas pero lo suficiente atrevido para pedir que él o Paco o Jose o Raul me invitaran a una cerveza en aquel antro, tiempos entonces, donde las monedas no habitaban en mi bolsillo y los billetes eran sólo cromos ausentes en mis álbumes de vida. Y eso que entre chupito y chupito intentabamos canciones variadas hasta que llegaba siempre la misma, un mano a mano entre Kike y Paco de «Calle Melancolía«. Y así unas cuantas noches, unos cuantos cierres del capítulo diario de viernes y porque no del sábado. Empezé a aprender del pecado y no ver nada por debajo de la falda de alguna, serían defectos de mi lozanía.

Y así llegamos al cambio de milenio y yo con mi sempiterna inocencia seguía acompañando una parte de la tarde y de la noche a la misma cuadrilla, ya con heridas profundas y cicatrices perennes perpetradas por la misma protagonista que escuchaba en canciones del autor andaluz. Y empezé a escuchar , un día y al siguiente también a Kike y Benito, en cualquier lugar que me los encontraba gritar unas pocas palabras a voces «…y regresé». ¿Qué coños era eso?

Yo no me había enterado, no era capaz de adivinar a que canción se refería. Y cuando, después de habernos ausentado de ese tipo de bares durante un tiempo, les escuché cantar a duo esa canción comprendí que volviamos a emprender un camino de fanfarrones, héroes de la noche, sin capa ni disfraz y sin manual de vuelo sin motor.

Lo peor del amor es cuando pasa, cuando al punto final de los finales no le quedan dos puntos suspensivos

Y a partir de ahí es cuando verdaderamente empezé  a interesarme por la música de Joaquín, empezando por el disco que ya llevaba un par de años publicado, una obra de arte, una colección de canciones exquisitas, un manual de perdedores, un brevario de calaveras sin miedo a la muerte. No hay corte malo en ese disco y aunque busquen en mi colección casera de discos no lo encontrarán porque nunca lo tuve en propiedad. Esas piezas las aprendí de cassetes que hoy deben ser reliquias con sus derechos restringidos de amor. «A mis cuarenta y diez», «Donde habita el olvido», «Barbi Superestar» y muy especialmente «Ahora que…» engendraron mi tribulación hacía Sabina. Algo que ayudó mi primer trauma emocional y que además era el contrapeso al otro tipo de música que yo escuchaba en voz de Héroes del Silencio y Búnbury. Con Joaquin descubrí la poesia musical, la belleza rítmica, la importancia de conocer el idioma, el arte de encajar las palabras en la expresión adecuada, en la sencillez semántica y sobre todo y ante todo la belleza poetica a la que le atribuyo la cualidad de justicia poética.

Y aunque a Joaquín y a mi nos separan una retaila de vicios nos une al mismo tiempo un impúdico gusto por habitar los bares, frecuentar esos lugares santos y benditos  que tantos momentos de inspiración y de crepitación, de subida al cielo y bajada al infierno, de correteos por la cintura de flores de un día nos han regalado. Los bares con sus cervezas, digestivos y demás licores alucinógenos, con nuestras calaveras en los dedos que sujetan los vasos, dibujan a boligrafo unas letras o teclean unas teclas para conectar almas separadas, que como las nuestras no se encotrarán pero que cohabitan en inmensa felicidad y connivencia.

Joaquín es el rey del verso. Esos que vienen y van, de estirpe corta y directa. Esos versos de contradicción masculina repletos de un léxico amplio, variado, de diferentes procedencias, esos guiños al castellano latinoamericano y sobre todo esa sencillez de significado, esa acertadisima forma de escribir retórica, esa capacidad de hacer enteder versos contradictorios como condición humana sin maldad y con cuotas de amor infinitas.

No es menos significativo que algunas de las personas a las que les encanta la obra de Joaquin son un poco como él, y son hombres y mujeres que viven su antinomia con dignidad pero arodillandose a la creatividad sabinera.

Siempre me ha asaltado la duda si la voz rasgada, rota, ajada de Kike, perdón de Joaquin Ramón Martinez Sabina era más autentica en sus canciones grabadas en el estudio o en sus canciones en directo. Yo lo tengo claro, como el directo no hay nada. No hay nada. Es inigualable. Pero a pesar de esto he decicado un tiempo de mi vida a hacer una lista de reproducción con diez de mis canciones favoritas del hechicero jienense en sus dos estados, primero en directo y luego en estudio. No se ni me importa si son las mejores pero se que son mis canciones.

 

Y que cada uno ponga el alma que quiera y las escuche con las contradicciones que le surjan. Escuchen y comparen y entre tanto disfruten.

Gracias Joaquin por enseñarme que las noches a parte de para cerrar los bares están también para escucharte en casa, propia o ajena, para besar pensando en tus versos, y para escribir, aunque sea a bajas horas del ya nuevo día, unas humildes letras pensando en ti, en tu genio.

Gracias Joaquin por existir….

 

Dedicado a Kike y a los habitantes de los bares, los presentes y las ausentes.

Madrid, ciudad inmortal

elambulante en Madrid

Resulta extraño hablar con mesura de algo que amas y odias a partes iguales. Y que dañino es el odio. Cuanto mal hace al humano. Porque algo que en un momento odias pasas a amarlo apasionadamente.

Bien, soy un exagerado. Pero Madrid mola. A finales del siglo pasado con excusas parroquianas empezaron las visitas de fines de semana. Nuestra voracidad y la ausencia de dinero en los bolsillos convertían las noches de Madrid en ejercicios de supervivencia y de divertimento calimochero. Y cuando poco tiempo después mis mejores amigos de la parroquia emigraron a Madrid mis visitas fueron aumentando exponencialmente al deseo de descubrir una vida que no teníamos en nuestra ciudad. Fueron años de excesos, de goce y disfrute, de exaltación de la amistad, de pateos inmensos para evitar las tarifas nocturnas de taxi. De bares de yonkis, de bares de pijas, de bares cutres, de bares. De bares.

Con mi nulo sentido de la orientación las cabalgadas nocturnas por Malasaña en los últimos tiempos de botellones, de jóvenes en la calle, de las cervezas más baratas que en otros bares de Salamanca, de música, la vida madrileña se resumía en las horas que estábamos despiertos y siempre juntos. No perdíamos el tiempo con los móviles ni las jodidas redes sociales. El late motiv era vivir. Y conmigo mis amigos fueron muy generosos. La cuestión era llegar al Only You y mover la melena mientras compartíamos los litros de cerveza. Era el piso de Conde Duque, luego el de Argensola.  La melodías del rock y del pop era nuestra compañía en toda la calle La Palma hoy convertida en una calle sin alma. Los bares en los que habité y que por supuesto no recuerdo sus nombres fueron testigos de años felices.

Pocas ciudades han aportado tanto al relato musical. De una manera u otra Madrid fue, es y será un escenario imprescindible para quien quiera vivir de la música.

Y luego vino mi mudanza laboral. Y cuando parecía que vivir con ellos, en Madrid, lo que siempre habíamos hablado y sumarme a su convivencia de algunos años a los tres meses supe que Madrid no era mi sitio. Madrid, su jungla; La jungla me animó a escribir los primeros artículos de este vocerío que tengo por web. Madrid, tus bares ya no era mi salvación. Ni tampoco los locales de dudosa moralidad ni la compañía de señoras que eran señores con voz de Manuel, de Pepe o de Javier. Madrid, me agotaste aunque me devolviste a mi amigo de siempre de mi pueblo. Fue bueno por eso. Madrid, te odié. Y huí. Me fui a los pocos meses y la distancia que empezó a haber entre tu y yo era proporcional a las visitas que durante años te hice.

Y Madrid, yo aposté por ti. Jugué fuerte. Quería devolver a la verticalidad las torres de la Plaza de Castilla. Madrid, fuiste la diana equivocada. Pero volví a pasear sin ninguna prisa y sin tristezaheroes del silencio alguna por tus calles. Ese enjambre de vías que te llevan a donde quieres estar.

Madrid, vuelvo porque la razón aunque sea breve merece la pena. Madrid fue lugar clave para la carrera de Héroes del Silencio. El sábado voy a dejar me que me desalmes. Se benévola. Un concierto histórico aunque sea un tributo que tengo tan visto. Da igual. Quiero una vez más. Quiero disfrutarlo como si fuera el último. Porque nunca se sabe si me canso de ti o de vosotros. La cuestión es que no sea la rutina la que me oblige a visitar a la ciudad que sirve de hogar para tantos exiliados y es el amable refugio de los necesitados de vivir injustamente ahí. Y porque hay madrileños que les encanta su ciudad como no podía ser de otra manera y entonces se convierte tambien en nuestra casa. Siempre con las puertas abierta.

Y esas puertas han dejado escritas maravillosas canciones sobre Madrid y no solo Joaquin Sabina ha escrito versos irrepetibles sobre la capital del reino. Tambien grandes como Radio Futura, Quique Gonzalez, Xoel Lopez, Antonio Flores y otros tantos han dejado para la eternidad estrofas y melodías inolvidables sobre la casa de muchos ciudadanos del mundo.

En la prisión del deseo estoy junto a ti, Madrid

La vida del abstemio

cerveza

No ha sido por voluntad propia, lo confieso. Pero mi obediencia y sumisión a la prescripción médica no me dejaba otra opción que estar un buen número de días sin el consumo, ni siquiera mínimo, de alcohol. Como mucho podía tocar el botellín por fuera, olerlo, refrescar mi cara en estos días de calor con el vidrio marrón,  imaginar como sabría pero en ningún caso catarlo ni mucho menos repetir trago so pena de ir, quien sabe si valiéndome por mi mismo, a un centro hospitalario.

En este periodo de absoluta recatación alcohólica se metió de por medio un fin de semana con todo lo que ello conlleva y además se daba la circunstancia que era un fin de semana muy especial porque venían a la ciudad buenos amigos y se daban un par de ansiados eventos. A los amigos hay que intentar siempre regalarles tu presencia , mutuamente, y los eventos hay que disfrutarlos a tope.

Aunque parecía un tipo caído en desgracia el viernes empezó con unas cañas por el centro de la ciudad con un sabor agridulce y nunca mejor dicho porque la cerveza sin alcohol es un placebo formidable pero de un sabor un tanto, un mucho, totalmente diría yo repugnante. Esa embocadura entre amargura y acidez y la falta de consistencia en la boca hizo que la primera caña fuera como un brebaje contra la resignación porque aquello era una sensación de desasosiego total, una falta de vitamina en el cuerpo brutal, como si aquello cayera en vacío. Pero la noche prosiguió y mi cata de cervezas sin alcohol me llevó por la noche salmantina como un bohemio con buena conversación sin perder el razonamiento.

Pero aunque todo parezcan ventajas, las del abstemio, hay un gran inconveniente para el bebedor de agua de cebada sin alcohol. Levantarse más veces que un pobre anciano al complicado arte de apuntar un chorrillo de agüita amarilla en el mingitorio a medio sueño y con el sentido desorientado es para hacerse pensar fervientemente lo de beber birra descafeinada.

Lo bueno, eso si, es que a la mañana siguiente me desperté fresco como una rosa y por una vez apuntó mi vista sin devaneos  al frente y sin girar como una hélice. Apenas dos horas antes y después de desbeber ya estaba preparado para un día completito. Que gran idea fue salir a tomar el vermú. Porque la cuestión importante no es el vino en cuestión sino el acto social, exactamente igual que las cañas. Unas matutinas, otras vespertinas pero todas con el encanto de la buena compañía y una buena conversación. Y mientras iban cayendo para el resto una tras otra, sin remisión, cañas como Dios manda yo seguía con mi retahíla de cañas o botellines sin alcohol empanzonándome y visitando todo tipo de letrinas en bares y demás tugurios. Pero claro, me llevó a la tarde tan sereno y ocioso que hasta era capaz de apuntar y embocar correctamente las bolas de billar con una precisión exquisita.

Y lo más extraordinario de todo es que en ese estado me presenté al concierto que tanto estaba esperando, que con tanta pasión vivía desde hace días. Eso si, el conciertazo de Viva Suecia con la compañía de grandes amigos no hizo que dejara de echar de menos ese trago de excitación, de inspiración y de locura. Esos litros de cerveza que corren de mano en mano en todo espectáculo Viva Suecia y elambulantemusical y más en el que tanto quería disfrutar. Y después de la emoción de comprarme sus vinilos y de que me los firmaran y que posaran junto a mi nos fuimos al bar que más me gusta en estos tiempos a disfrutar de la música… porque de la cerveza… seguía sin disfrutar. Caía una tras otra y daba igual la canción que sonara y el numero de botellines que alcanzaban mi mano. Mi estado etílico era el mismo. Ninguno.

Acabamos la noche a altas horas de la madrugada y por una vez la cuesta de mi casa no tenía curvas. Las habían quitado de repente y además que tuve la gran fortuna de ser el aguador de los matorrales porque ,claro, con tal cantidad de aguachirri ingerida la vejiga se avecinaba a estallar si no regaba lo setos de boulevard. Que maravilla no tener que apuntar. Pero aún habiendo vaciado completamente mi habitáculo donde rebosa la orina otra noche más cual jubilado, me tuve que levantar con los ojos pegados al urinario doméstico, eso si, con el cruel ejercicio de afinar la puntería para no dejarlo todo perdido.

Pero es que a la mañana siguiente tampoco había resaca, que idílico! Y otra vez que nos fuimos con toda la solana a tomar esos vermús acompañado de amigas y amigos con los que comentar no se el qué porque nos habíamos visto unas horas antes durante un concierto y unas birras. Vamos que la excusa era perfecta para seguir. Y así discurrió la tarde hasta que con hilatura musical fuimos a comprarnos unos vinilos y oiga usted que los elegí sin alteración ninguna porque yo seguía con mi abstemia radical. Y claro, de estado tan excepcional solo puedo salir una buena elección de disco. Uno de Eric Clapton, un clásico. Y después de esto continuamos nuestros pasos hasta una cervecería…y ¿que se bebe ahí? Si! Cerveza sin alcohol! Mientras mis amigos me daban envidia con sus pintas, con su cerveza bajando hasta el nivel 0 para pedir otra yo seguía con mis tercios de aguachirri y así pasamos un tarde magnifica. Y yo sin ningún tipo de ayuda que no sea la emoción de estar con mis amigos.

Pero si hasta me dio la cordura para escribir una carta de amor, mejor dicho, de desamor no correspondido, el amor quiero decir. ¿Qué es esto? Pero si yo pensaba que solo sabía decir ese tipo de cosas con unas cuantas cervezas en mi cabeza. Pero por Dios, pude escribir y lo mejor de todo, pude dormir.

¿Será que voy a cambiar mi vida? Por favor, sólo necesito una cerveza… de las como Dios manda.

Canción para hoy: «¿Nos ponemos con esto?» Viva Suecia

¿Donde está Jaime?

Quiero comprar un disco. Pero no un disco cualquiera, ni siquiera un disco de mi artista favorito. Quiero ir a la tienda, a mi tienda, echar un ojo, ver sus caratulas, trastear, revolver, preguntar, escuchar. Quiero un disco que me entre por los ojos pero también que sólo me entre por los oídos porque en ese momento ambienta el local. Quiero que alguien no me moleste mientras indago en los discos de una banda que tiene elepés de todo tipo y demoro mi decisión, si es que la hay.

Jaime me llegó a caer mal, lo reconozco. Quizás fuera su sobriedad o fuera quizás sus parcas palabras. En las primeras visitas me surgían las dudas acerca de como un tipo como él podía vender un disco. Si entraba alguien hasta el fondo no sin dificultades en Radyre el tipo rubio con gafas se dirigía con rapidez y seguridad hacia el disco o película que el cliente buscaba. Esto es, no podía ser posible además que le preguntaras sobre cualquier artista o banda el tendero de discos conocía absolutamente todo, permítanme la exageración, de la búsqueda del cliente.

Mi admiración iba creciendo poco a poco, visita a visita. No llegó a conocer mi nombre ni creo que le importara, era el seguidor fanático de Héroes del Silencio o Bunbury. Y mi admiración era inmensa cuando pasaba unos minutos buscando en sus muebles llenos de discos algo que me podría interesar porque a la vez que esperaba mi decisión era capaz de atender a expertos compradores de música y como sabio que era, establecía dialogo sobre tal artista durante unos minutos.

Cuando Radyre cesó el negocio un telón negro se zurció en la sociedad salmantina aunque por suerte fue capaz de alzarlo en un nuevo establecimiento, la mítica Librería Hydría. Un nuevo enfoque a la cultura musical orientado aún más al disfrute del espacio como coartada. Un café, una revista y poder escuchar música mientras, ahora si, con un stock más reducido, le pedías cualquier disco que él te lo conseguía.

El friki de Heroes intentaba ir al menos una vez al mes, mínimo. Y en más de una ocasión, sentado tomando un café leyendo un revista, le preguntaba por la música que sonaba. Gracias a eso, conocí algunos discos que ipso facto compré gracias a Jaime. No sabía quien era el artista, tampoco me importaba. Aquello sonaba que agradaba a mis oídos. Me lo llevo, le dije tres o cuatro veces . Fuera el disco, vinilo o material que estuviera a su alcance, te lo conseguía. En Hydria pudimos ver un Jaime muy cercano, yo diria que encantador.

Pero el cierre de Hydria ha supuesto una tragedia en la cultura salmantina, en su escena tanto comercial como ilustradora. En su corriente transmisora de espacio cultural y en especial el espectro musical está vacuo de gente experta. Jaime sabía pero no era pretencioso. Jaime sabía pero preguntaba lo que podías aportar sobre el disco que te llevabas y que no conocia mucho. Jaime era….

Resulta complicado comprar un disco hoy porque apenas, sin el apenas, hay lugares interesantes para ello. Un lugar alejado simplemente de ser un colmado de novedades comerciales. Porque el último lugar donde estuvo Jaime era la panacea cultural. Una delicia para los sentidos donde un libro o un disco significaban un momento de felicidad. Al menos, han surgido algún comercio especializado en vinilos mal llamados de colección que son un pequeño rayo de luz en este sótano de la música salmantina.

Espero que algún día Jaime vuelva. Y cuanto antes… más música compraré.

Canciones para remendar un descosido

No les ha pasado alguna vez que una canción la han empezado a escuchar y por el motivo que fuere, eso no es lo importante, la escuchan una vez y en unos instantes la vuelven a escuchar. Y otra vez aprietan el botón de repetir, y otra. Y no pueden quitársela de la cabeza y en cuento han tenido unos auriculares se la vuelven a poner y otra vez y otra y otra. Esas canciones que literalmente acabaron rayadas en el radio casete. Con las que han experimentado el mayor volumen de su reproductor. Esa canción que les recordaba al chico que les gustaba, que le consolaba por un disgusto… Esa canción, esa canción que en ese momento de su vida era como un evangelio sin importar si la canción era buena o mala. La escuchaban una y otra vez…y otra, y dale, y otra. Esas canciones que con el paso del tiempo dices…. «buff con esta canción yo….». Fue la banda sonora de su corazón y su sentido con la edad que correspondiera.

Aquí van una selección de esas razones. No juzgo si son buenas, malas o regulares. Lo importante es que me volvieron loco por momentos.

Another day in paradise – Phil Collins

Apenas había lugares donde escuchar casetes en mi casa. Entre los tres nos robábamos el walkman o cualquier transistor con pletina. Está acabó rayada porque me fascinó como sonaba. Gracias a Phil conocí a Héroes del Silencio porque cuando me fui con mi padre al Pryca con mis mil calas a comprar su casete me di cuenta que a esos que cantaban «fuente esperanza» ,que la ponían en la radio en las mismas semanas que este gran tema, les iba a entender por cantar en castellano. Gracias Phil por entender mi traición.

Ojos de hielo – Modestia Aparte

Esta debió ser porque me gustaba alguna niña del cole. No me acuerdo quien pero el caso es que yo, el gordito de clase, tenía derecho a soñar. No me acuerdo quien fue ella pero gracias.

El 7 de septiembre – Mecano

Esto si que fue un bombazo. Quedé absolutamente impresionado de como sonaba aquello en los auriculares de gama baja. Alucinante. Mecano fue el grupo de la adolescencia de mi hermana mayor. Me inspiró de todo. Y está canción sonaba en «La Sirena», esa disco bar de pueblo donde jugábamos a ser mayores. Mi pueblo, donde todo es posible.

Luna de menta – Javier Alvarez

El primer disco que escuché que no era guitarrero. Esta se la debo a Marta. Madrid. La canción, genial como ella. Ese casete quedó hecho polvo pero de aquellos vinieron nuestros lodos, una gran amistad.

Si tu no vuelves – Miguel Bosé

No me acuerdo en quien pensaba pero también me la pegó mi hermana. Otro de los que tengo muy escuchado. No se quien fue la ingrata que me llevó a escuchar esto. Pero hoy me sigue encantando y poniéndome muy tontorrón. Que no falte

Infinito – Bunbury

El cabrón de Bunbury además de hacer su mejor disco incluyó este tema que pareció escrito para mi. De aquella tragedia aprendí que nunca he aprendido nada. Visitas a barras de bar y una larga época de agilipollada abstemia emocional. Fui muy cruel, como la canción.

Y tú sabras que hacer – Elefantes

El problema no es escuchar una canción para estados lamentables. Escuchaba dos. Esta quedó absolutamente como elemento desahogativo. Literalmente gritaba esta canción cuando estaba en el campo. Vaya discazo se marcaron estos tíos. El disco entero quedó aniquilado de tanto tanto y tanto escucharlo.

El rescate – Bunbury

Gracias a esta canción empecé este blog como cuaderno de lamentos durante mi fracasada y breve estancia en Madrid, en 2005 al volver de Honduras. Gracias y mil gracias. Tenía que salir de La jungla y por eso empecé a escribir. Quién sabe si en algún momento tendré que volver.

Salitre – Quique Gonzalez

Le regalé flores. Camiseta y el disco. Todo. Fui el perfecto pagafantas. Una vez y ya no más. Lección aprendida. Lo que nunca aprendí es a separarme de esta canción. Además de paño de lágrimas me sirvió para huir y pasar unos días cojonudos cerca de Conil de la Frontera. Un día estaba triste y al siguiente en la salitre de La caleta con Carlos e Isa. Descosido zurzido

Everything that rises – Moby

Soñar es lo más placentero de la vida pero hacerlos realidad ya es una realización personal completa. Durante meses, escuchaba esta canción durante largos paseos o cuando salía a correr. Y soñaba e imaginaba como serían aquellas tierras que me atrevía a conocer. Y soñaba y soñaba y soñaba. Cuando estaba allí, yo solo, lloraba de lo que había soñado y con lo que había conseguido conocer. Solo hay que proponérselo.

Punto sin retrono – Vestusta Morla

Esta es de las últimas. Aprecio tanto y quiero tanto a mis amig@s que cuando la escuché no me la pude quitar de encima. Canción muy actual y reciente. Sigo el sedal, donde vayan ell@s, iré yo.

Pausa – Izal

Esta es la causante de esta entrada. Me gusta. Me gusta mucho y eso que esta banda no me emociona pero…el aura de esta canción me parece mágica. Placer, deseo, paz y pausa en este ardiente corazón.

 

Existen más canciones y mas motivos, pero bien por no repetir artista, no alargarme o quizás porque no me da la gana poner más aquí dejo esta relación de canciones para remendar un descosido.