Viva Suecia

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Si una canción a veces resulta que es inoportuna entonces no digamos una colección de canciones que se agrupan en un mismo formato y que incluye sin remisión esa canción. Un disco.  Resulta extraño empezar así. Y puede, seguro, que tenga razón pero la mayoría de las veces es una vitamina, un revitalizador, un cicatrizante, un regenerador, una endorfina que sugiere placer.

¿Quien no tiene una canción favorita? ¿Una favorita dentro de un ramillete de favoritas? La razón por la que lo es no importa. No es de mi incumbencia. Es maravilloso tener un tema favorito. Es simplemente evocador. Tanta emoción suscita una canción favorita que te lleva al altar de la felicidad durante los minutos que dura, instantes que no quieres que se acaben jamás. Momentos compartidos o vividos en soledad, que más da, es la felicidad, es el placer, es tu canción.

Se viene un concierto que contiene unos cuantos temas muy evocadores. Una es mi favorita del año pasado. Tan maniqueista yo que “A donde ir” solo la puedo llevar al cielo y al infierno, de paseo con un collar, y soy feliz. Una canción con energía, con una melodía tan contagiosa, con una letra tan equidistante entre el si y el no que solo produce una sinergia de optimismo, de sobrepasar todo lo que nos preocupa y ocupa.

Un concierto tan esperado desde al menos la última vez que les vi, agosto pasado en el Sonorama. Que pedazo de concierto. Que amasijo de emociones entroncadas en un camino que iba a empezar. Cuanta gente disfrutando de su directo.

Hay más enemigos en la piel de los testigos que entre aquellos que juraban contra ti.

Pero es que ahora esa magnifica colección de canciones se presenta en otro estado emocional. Tan diferente que parece que entre el verano y el inverno ha habido un eclipse fatal. Tan diferente que he conocido al dedillo todas las canciones. Ha sido para mejor. Saber que se puede escribir cuando más heridas tiene uno. Un disco germinado desde el resquebrajamiento emocional.

“Otros principios fundamentales” sabe a un te quiero y a un cuídate como acuse de recibo. Sabe a un regalo involuntario que escucho todos los días. Sabe a la profundidad de una sima emocional, a una caída inconsciente. Me sabe a un plato de jamón los viernes por la noche con una buena cervecita.. Me imagina a una llamada a las dos y cuarto sin poder dormir con los labios puestos en su cicatriz. Me recuerda a donde no ir. A kilómetros conduciendo. Me invita a tener piedad, a poner el disco con el volumen a tope hasta que se rompan los sentidos. Me sabe a una Mahou en el Bolero, me sabe a una noche de pasión sin cordura. Me recuerda que todo es posible. Me evoca al riesgo, a luchar por lo que te gusta. Me inspira al puerto de Malmoe aunque sea lo único que conozco de Suecia. Me sugiere que coja la mochila, meta el disco y me vaya.

Con principios o sin ellos se viene un sábado lleno de emociones, una cabeza a punto de estallar, un carrusel de buenas canciones que ya ,algunas, forman parte de la banda sonora de mi vida.

Esperan un par de horas de buen rock, de letras acojonantes y sobre todo de una muy buena compañia y porqué no… de ti.

Canción para hoy: «A donde ir», Viva Suecia ver aqui

Loquillo, sin novedad en el frente

Loco

El Loco en Salamanca, de nuevo. No es extraño afirmar que es el artista musical que más veces ha visitado la capital charra y provincia en los últimos 12 años. En conciertos gratuitos y de pago, de todas formas Loquillo visita Salamanca en todas giras. El público es numerosísimo, de edades talluditas en su mayoría y muchos de ellos con la sempiterna apariencia de rocker setentero. El Loco, con su cada vez menos poblado tupé y su enorme presencia sobre el escenario, de negro, con un juego de pies de movimientos seguros pero lentos. Y como dijo él en una de sus visitas, siempre en plan chulo, pero claro para él ser chulo es un arte.

Loquillo ya no impresiona. Siempre contenta a la plebe pero parece que la repetición de su espectáculo durante tantos años acaba por pasarle factura, o no, porque la asistencia fue importante, sin llenar el Multiusos Sanchez Paraíso pero con una importante presencia que rondaría los tres cuartos del aforo a pesar del elevado precio de las entradas, treinta y cinco euros la más barata para ver algo que hemos visto ya muchas veces aunque eso si, con una novedad reseñable; cada canción iba acompañada en la pantalla del escenario de un video alegórico. Un acierto para una gira retrospectiva.

Que difícil es ser humilde cuando uno es tan grande

Hablar de Loquillo es hablar de un grupo importantísimo a lo largo de mi adolescencia y juventud. Nunca he dejado de escuchar a Loquillo y algunas de sus canciones son auténticos evangelios. En momentos de exaltación siempre hay alguna frase de una canción suya para utilizar e imaginar. No deja de tener para mi un punto nostálgico y en este sentido la obligación de ir a verle de nuevo, como las otras veces, era inexcusable y además acompañado por la gente que más quieres con lo cual el componente emocional fue tremendo, excelso y excitante. La banda sonora de muchos capítulos de mi vida estaba sonando y yo visitando a la felicidad completa.

Musicalmente, pocas novedades. Un repaso muy equilibrado a su carrera, un tímido acercamiento a una parte más rockabilly con pequeño escenario más desenchufado, unos músicos excelentes y una corrección que no se puede poner en duda. Y eso fue lo que vimos, un concierto ágil, entretenido, emocionante y animado. Pero yo muy contento por la música y sobre todo por la compañía.

Sin sorpresas musicales más que la colaboración de Nat Simons en una de las últimas buenas canciones del señor Sanz. Y ya es demasiado antigua. Sin duda que el Loco es un grande, repetitivo pero grande. Falta un gramo de ambición y sobra distancia egocéntrica.

Que nunca falta una canción de Loquillo en tu vida!