El epitafio

Paradinas

No es cierto que la emoción solo habita en lugares extraordinarios que son aquellos que quizás deslumbran e impactan por sus calles, por sus playas, por sus monumentos, por sus montañas, por sus ríos.

Le emoción habita donde permanece un corazón vivo. Y hasta ese último sístole y diástole cada uno que viva como quiera. Y a mi me cuesta muchas veces convencer que en un pueblo a priori tan aburrido, tan vacío de alternativas, tan llano, en ocasiones erial social uno pueda llegar a ser tan inmensamente feliz. Porque lo que está vacio nosotros lo llenamos de emoción con las pequeñas cosas que nos contagian sonrisas. Porque donde no hay nada nosotros hacemos que haya todo. ¿Necesitamos algo más? Sólo seguir queriéndonos.

Paradinas
No pongamos vallas a la felicidad

Un verano a pesar de todo con un perfil de extrañeza, un completo mes de agosto de una vida de un jubilado debido a mi periodo de convalecencia física. Algo que por instantes me ha hecho sentirme inútil y que al contrario de lo que debería haber sucedido no me ha animado a leer, escribir o estudiar. Al menos he pasado horas que parecían no tener fin escuchando música. De todo tipo. La música. Sin ella no se vivir.

Esta vidorra tendrá que esperar venticinco años, dato que me genera un desaliento mayúsculo pero que no queda más remedio que aceptarlo.

Un verano donde antes del parón de salud me encontraba fino y fuerte fisicamente, con unos desayunos que alegraban el alma para el resto del día. Y sobre todo muy tranquilo. Un mes de julio absoluta y afortunadamente muy diferente al del año anterior. Sin nada que pensar, sin nadie con quien comprometerme, sin desvelos, sin dudas y llevando más bien que mal los lamentos de la ausencia , convirtió el mes en una oasis de paz , tranquilidad, reconstrucción, regeneración y sirvió de catalejo para afirmar con serenidad que otra forma de vivir es posible. En el pueblo.

Conozco el testimonio de personas, amigas y amigos mios y otros que no lo son, que afirman con rotundidad que les sería absolutamente imposible vivir en un pueblo. Ante esto solo les respondo que ellos se lo pierden y se lo digo así simplemente por querer ser un poco fino y no meterme en adjetivos calificativos.

Puedo rubricar mi axioma sin temor a equivocarme: el pueblo humaniza. Mi pueblo humaniza, un pueblo humaniza. Y no voy a ponerme a explicarlo, si quieres vivirlo te vienes.

Paradinas
La redención paradinense

Ha sido el verano del postureo. Me apasiona la fotografía aunque no soy un talentoso creador de instantáneas aunque intento ir mejorando día a día. Pero puedo dar por buenos los paseos buscando el lugar donde el sol se acostaba por las tardes mostrando su esplendor. Han sido increíbles los colores que he visto, unas pinceladas desordenadas en el lienzo de la vida; azul, naranja, rojo, amarillo y sus mescolanzas degradadas que dibujaban el paraíso, porque si existe, tiene que ser alguno de los cielos que he visto.

No me he ido a ninguna playa paradisiaca, a ningún lejano desierto, a ningún abrupto acantilado. Solo me he ido a un prado o a un camino y he temblado de emoción ante la pequeñez que somos y en ocasiones, lo idiotas que somos.

He disfrutado de las noches estrelladas donde la casi inexistente contaminación lumínica me permitia caminar sin ningún tipo de linterna más que la propia Luna y gozar de la quietud del cielo estrellado.

Pero sobre todo he disfrutado de ellos, de mis amigos, de los seis magnificos. Si me hubieran dicho que en la cuarentena se puede llegar a querer tanto a las personas quisiera haber llegado antes a este tiempo, a este lugar y a este momento. No se entiendo, no entiendo el pueblo sin su presencia. Es más, si ellos no están no creo que esté yo.

Por un vez y sin que sirva de precedente voy a llevarle la contraria al genio Joaquin Sabina y yo voy a volver al lugar donde he sido feliz, eso si, si están Carlos, Marisol, Lorena, Isa, Jose y Javi.

Aunque este verano también ha sido magnífico por haber hablado por primera vez con unas cuantas personas que jamás, a pesar de verlos durante años y años, los había conocido. Hombres y mujeres más mayores y también más jóvenes, mucho más jóvenes que yo. Personas que con su camino, con sus heridas, cicatrices y triunfos, te enseñan a querer la vida. Me ha encantado pasar tantos ratos invadiendo tertulias de estas gentes, que humamente, me invitaban a participar.

Me ha fascinado enamorarme por el tiempo que duraba unas cervezas. Amores radiantes tan imposibles como posibles historias de un guion de cine. Enamorado y al siguiente sorbo ya desencantado. Me cautiva descrubir nuevas sonrisas a pesar de su camino, nuevas miradas y nuevos testimonios.

Lo único hiriente del verano es ser consciente de mi debilidad. Un descuido en los últimos días ha propiciado un contacto que me ha hecho regresar a la mierda de la primera parte del año. Porque aunque diga Sabina que a los grandes amores nunca hay que olvidarlos a veces dan ganas de que se mueran de una vez, los amores, me refiero, no las personas.

En este vagar encuentro que el único culpable soy yo.

De lo bueno y de lo malo, no creo que las laderas a las que me asomo sean puestas para caerme pero debo afinar el equilibrio, andar con pisadas firmes, seguras pero conscientes que que el alarido es el producto desconfiado de la convergencia de la duda y la pena o de la ilusión y la alegría. Una dicotomia constante que pide de tu vigilancia y quien sabe del reposo de tus manos.

He pasado horas, horas y horas en mi vida de jubilado escuchando, o al menos intentándolo por mis maltrechos oídos, en la acogedora galería de mi casa arrendada que este año he sentido como propia, como mi hogar, canciones que ponían melodía a las horas.

Tenía claro cual era la canción del verano. Pero las últimas semanas hubo un esperanzador giro de los acontecimientos en la deriva. Si el “Tierra” de Xoel Lopez resonó decenas de veces la primera parte del verano, fue “Otra forma de vivir” de Joan Dausá la que invadió mi pensamiento. Intento dilucidar el honorifico título de canción más importante del verano pero, raro en mi, no consigo decantarme claramente, me emocionan tanto ambas que soy incapaz de decantarme.

Ha sido un verano distinto. En el que el olvido tenía un papel fundamental pero que , maldita sea, le han sobrado un par de días. Los mismos que he disfrutado del “invierno” de Paradinas de San Juan. Dias duros pero solventados con elegancia y con buena compañía. En la ausencia es donde conoces el verdadero amor. Tres días sin mis amigos es el peor capitulo del verano, os quiero cerca siempre!!

No es complicado ser feliz. Uno lo es cuando y como quiere. Quizás tenga que aprender definitivamente a serlo.

El trauma

Veinte de agosto, el día que arrojé mi alma perdida al mar. Bien podría ser el dieciocho de octubre, el quince de enero, el diez de octubre, el veintiocho de noviembre, el veintidós de julio, el seis de abril, el diecisiete de agosto… y así una retahíla de días.

Tengo en mi poder el arma arrojadiza de grabar a fuego ciertas fechas del calendario, a veces de forma selectiva pero otras cuantas de manera involuntaria que empiezan a formar parte de mis archivos memoriales imprescindibles. No siempre son buenos acontecimientos los que se quedan grabados pero en su mayoría son días que generan de uno u otro modo felicidad.

El veinte de agosto de un año atrás empezaba un sueño en una ciudad Santa. Un sueño tiene derecho a grabar a dolor una fecha? Si, claro y también a generar un trauma. Con sus heridas y cicatrices, con todo su sentido emocional.

Todas y cada una de ellas llevan momentos , escenas únicas e irrepetibles con una dosis de nostalgia que a cada una le aplico la chispa adecuada. No soy muy amigo de la reiterada visión trasera, la nostalgia es la medicina de los perdedores pero contradictoriamente me gusta en cada fecha señalada echar un ojo en forma de dardo para dar en la diana correcta de la felicidad y que ese recuerdo sea vitamina, no analgésico, para cada día que nos queda por vivir. Me gusta echar una sonrisa en cada casilla del calendario señalada para agradecer, para decir te quiero o para sentir ese aliento necesario.

Dejemos que el calendario siga generando traumas.

Canción para hoy: «Bill Murray», Izal

La felicidad

El riesgo es una incertidumbre que origina endorfinas cuando disfrutas de algo que aunque parece inseguro genera una felicidad tal que ponemos en una lista de prioridades los estados emocionales a los que nos exponemos y cuando la felicidad ocupa el primer lugar, lo demás no importa.

Como le explico yo a mi madre que soy feliz cuesta abajo a sesenta por hora dibujando curvas sobre un trozo de carbono y un par de ruedas que vaya a usted a saber estén bien apretadas, con dolor de manos de apretar el freno para no estamparme barranco abajo.

Y como hacer explicar que en el sufrimiento está el placer. Como le hago entender a alguien que no le guste que subir pendientes brutales con un calor axfisiante que no me da tregua y me lleva al limite es parte contratante e indisolube del sufrimiento que me llevará a los altares de la felicidad completa, a un extasis, a una paz y a una satisfacción indescriptible.

La felicidad es un estado demasiado breve

Tengo carencias de elocuencia para ser capaz de transmitir la felicidad del domingo en la Bragança Gran Fondo. Unas carreteras cerradas al tráfico, sólo para nosotros. Gestionando las curvas sabiendo que nadie vendrá de frente, un buen asfalto y sobre todo, una compañía, disculpen la ofensa, inigualable.Comando Batuecas

Cuando haces algo con la gente que quieres todo en la vida sabe mucho mejor y se disfruta mucho más. Yo generalmente iba cerrando el trio, seguía el sedal, me motivaban a seguir su estela, su ritmo, su figura tirándose carretera abajo y pincelando cada curva, su dolor de piernas cuando íbamos cuesta arriba. Indescriptible. Feliz. Porque son los mejores.

Y al final me dieron una medalla. Y esta no la voy a tirar.. cuando la vea, cada vez que la mire, recordaré que solo con el entreno y la constancia se disfruta. No gané nada, más que amigos, pero aunque sea de madera es la medalla que vas vale del mundo. Me lo he currado, me la he ganado.

El éxtasis

Vetusta Morla

Quién inventó la música, ya fuera de forma casual o provocada, fue alguien que seguramente no preveyó las consecuencias que tendría en la humanidad. La cantidad infinita de sentimientos que puede despertar una serie de sonidos, armonias, acordes y demás elementos musicales que eleva hacia la inmensidad la felicidad de los sentidos no los podemos meter en un solo saco.

Tengo la costumbre, creo que muy buena, de ir a conciertos que realmente me apetece ir con gente que quiero, que me importa. Compartir un deseado concierto es como compartir una buena botella de vino porque todo compartido sabe mejor. Y a este Interestelar de Sevilla he ido con la gente que, ciertamente, anhelaba volver a coincidir en un acontencimiento musical tan etéreo como ver a Morgan, Ivan Ferreiro, Mikel Erentxun…. pero sobre todos a Vetusta Morla.

A Vetusta Morla le había visto hasta entonces en cinco ocasiones, ya seis, obviamente, repartidas dos veces en cada ciudad mágica: Salamanca, Santander y Sevilla. En cada una de ellas la expectativa era diferente. En esta ocasión venía de la cara y cruz del año pasado. Musicalmente en Salamanca, el día que presentaron su disco, fue brillante y especial pero en Santander fue un calamitoso concierto a nivel músical, remendado por mi feliz estado emocional. Así que me presentaba en Sevilla a dirimir un empate. Y extrañamente en nosotros, nos postulamos muy adelantados entre la plebe, aprovechando la privilegiada posición en la que vimos a Erentxun nos hicimos fuertes en esa cuadrícula de terreno durante una hora si bien fue un tiempo entretenido con conversaciones apretados y a empujones con extraños y conocidos que dejarían de serlo en un rato.

Uno de los mejores conciertos en los que he estado. No se si musicalmente fue extraordinario pero emocionalmente siempre estuvo en la cumbre y de ahí no se bajó.

Una vez comenzó el espectáculo nos posicionamos de forma más amplia y espaciosa entre el apasionado público, entre los que nos encontrábamos. Ya desde el principio, como un flechazo sentí una conexión especial con lo que estaba sucediendo en el escenario. Percibía una energía muy empática en la banda que me llegaba a los sentidos mediante sus canciones. Y no lo tenían fácil puesto que ya con cuatro discos de estudio hay que elegir muy bien los temas a tocar. Parecia que me daba igual lo que sonara, lo importante es como me lo transmitían. Yo notaba un fuego queVetusta en Sevilla prendía la mecha de la emoción y que nunca se apagaba. Como me gusta gran parte de la obra músical de Vetusta Morla no me mostraba enfadado por la ausencia de algunos de mis temas favoritos, dígase «La deriva», «Rey Sol»o «Punto sin retorno». No me importaba, iba disfrutando una a una cada canción como si fuera la última y sobre todo recibía la energía que generaba Pucho en el escenario con su interpretación vocal y sobre todo con un movimiento encima del escenario, un ir y venir, una pasión que hacía que se infiltraran las letras de Vetusta en mi piel sin dolor alguno. Esos «Cuarteles de Invierno», esa «Copenhagen», ese «Fuego. Todas estas canciones hacia que nos miráramos entre nosotros y agitáramos las manos dando a entender el pedazo de concierto que se estaban marcando  y nos quedáramos mudos porque no acertábamos a articular palabra. Como punto álgido de esa emoción ya en la parte final del espectáculo Pucho se bajó a la arena y entre el público cantó «Mapas» y ahí estabamos nosotros. Pasó entre nuestro grupo y la sensación de tenerlo hombro con hombro mientras no dejaba de cantar fue una de las más brutales que he tenido como espectador de un concierto. Con la emoción a flor de piel enfilamos el final del concierto, intentado coger aire para los esperados «Los días raros».

Llegado a este punto cada uno de nosotros ya estaba desnudo, se había despojado de la carícatura que eramos hasta entonces. De esos problemas que lastran la felicidad o de esas ilusiones que se convierten en sueños, de esas penas, de esas mierdas, de esas nostalgias o de esos anhelos. A estas alturas con tantos versos ya cantados estábamos dispuestos a vaciarnos. Y puede ser difícil explicar que alguien llore con la música. Y no se el como ni el porqué pero había alguien abrazado a mi que aunque parezca mentira no me impedía disfrutar de mi tema favorito. Su abrazo buscaba un consuelo que era irreal pero ese desahogo me servía para contagiarme la energía de los momentos únicos. Yo no estaba pasando por el trance pero le comprendía. Quien soy yo para preguntar el porqué de su desconsuelo pero emocinado estaba de ser yo el que soportaba esa gran mole de humanidad que buscaba un hombro mientras «nos quedan regalos por abrir». El éxtasis fue inmenso, incuantificable e indescriptible. Me quedé vacio. Vacio de nostalgias, de recuerdos, de discursos. Pero lleno de energía.

El concierto fue una epopeya. No quiero estropearlo con más palabras. No debes perderte un concierto de Vetusta Morla.

Madrid, ciudad inmortal

elambulante en Madrid

Resulta extraño hablar con mesura de algo que amas y odias a partes iguales. Y que dañino es el odio. Cuanto mal hace al humano. Porque algo que en un momento odias pasas a amarlo apasionadamente.

Bien, soy un exagerado. Pero Madrid mola. A finales del siglo pasado con excusas parroquianas empezaron las visitas de fines de semana. Nuestra voracidad y la ausencia de dinero en los bolsillos convertían las noches de Madrid en ejercicios de supervivencia y de divertimento calimochero. Y cuando poco tiempo después mis mejores amigos de la parroquia emigraron a Madrid mis visitas fueron aumentando exponencialmente al deseo de descubrir una vida que no teníamos en nuestra ciudad. Fueron años de excesos, de goce y disfrute, de exaltación de la amistad, de pateos inmensos para evitar las tarifas nocturnas de taxi. De bares de yonkis, de bares de pijas, de bares cutres, de bares. De bares.

Con mi nulo sentido de la orientación las cabalgadas nocturnas por Malasaña en los últimos tiempos de botellones, de jóvenes en la calle, de las cervezas más baratas que en otros bares de Salamanca, de música, la vida madrileña se resumía en las horas que estábamos despiertos y siempre juntos. No perdíamos el tiempo con los móviles ni las jodidas redes sociales. El late motiv era vivir. Y conmigo mis amigos fueron muy generosos. La cuestión era llegar al Only You y mover la melena mientras compartíamos los litros de cerveza. Era el piso de Conde Duque, luego el de Argensola.  La melodías del rock y del pop era nuestra compañía en toda la calle La Palma hoy convertida en una calle sin alma. Los bares en los que habité y que por supuesto no recuerdo sus nombres fueron testigos de años felices.

Pocas ciudades han aportado tanto al relato musical. De una manera u otra Madrid fue, es y será un escenario imprescindible para quien quiera vivir de la música.

Y luego vino mi mudanza laboral. Y cuando parecía que vivir con ellos, en Madrid, lo que siempre habíamos hablado y sumarme a su convivencia de algunos años a los tres meses supe que Madrid no era mi sitio. Madrid, su jungla; La jungla me animó a escribir los primeros artículos de este vocerío que tengo por web. Madrid, tus bares ya no era mi salvación. Ni tampoco los locales de dudosa moralidad ni la compañía de señoras que eran señores con voz de Manuel, de Pepe o de Javier. Madrid, me agotaste aunque me devolviste a mi amigo de siempre de mi pueblo. Fue bueno por eso. Madrid, te odié. Y huí. Me fui a los pocos meses y la distancia que empezó a haber entre tu y yo era proporcional a las visitas que durante años te hice.

Y Madrid, yo aposté por ti. Jugué fuerte. Quería devolver a la verticalidad las torres de la Plaza de Castilla. Madrid, fuiste la diana equivocada. Pero volví a pasear sin ninguna prisa y sin tristezaheroes del silencio alguna por tus calles. Ese enjambre de vías que te llevan a donde quieres estar.

Madrid, vuelvo porque la razón aunque sea breve merece la pena. Madrid fue lugar clave para la carrera de Héroes del Silencio. El sábado voy a dejar me que me desalmes. Se benévola. Un concierto histórico aunque sea un tributo que tengo tan visto. Da igual. Quiero una vez más. Quiero disfrutarlo como si fuera el último. Porque nunca se sabe si me canso de ti o de vosotros. La cuestión es que no sea la rutina la que me oblige a visitar a la ciudad que sirve de hogar para tantos exiliados y es el amable refugio de los necesitados de vivir injustamente ahí. Y porque hay madrileños que les encanta su ciudad como no podía ser de otra manera y entonces se convierte tambien en nuestra casa. Siempre con las puertas abierta.

Y esas puertas han dejado escritas maravillosas canciones sobre Madrid y no solo Joaquin Sabina ha escrito versos irrepetibles sobre la capital del reino. Tambien grandes como Radio Futura, Quique Gonzalez, Xoel Lopez, Antonio Flores y otros tantos han dejado para la eternidad estrofas y melodías inolvidables sobre la casa de muchos ciudadanos del mundo.

En la prisión del deseo estoy junto a ti, Madrid

La vida del abstemio

cerveza

No ha sido por voluntad propia, lo confieso. Pero mi obediencia y sumisión a la prescripción médica no me dejaba otra opción que estar un buen número de días sin el consumo, ni siquiera mínimo, de alcohol. Como mucho podía tocar el botellín por fuera, olerlo, refrescar mi cara en estos días de calor con el vidrio marrón,  imaginar como sabría pero en ningún caso catarlo ni mucho menos repetir trago so pena de ir, quien sabe si valiéndome por mi mismo, a un centro hospitalario.

En este periodo de absoluta recatación alcohólica se metió de por medio un fin de semana con todo lo que ello conlleva y además se daba la circunstancia que era un fin de semana muy especial porque venían a la ciudad buenos amigos y se daban un par de ansiados eventos. A los amigos hay que intentar siempre regalarles tu presencia , mutuamente, y los eventos hay que disfrutarlos a tope.

Aunque parecía un tipo caído en desgracia el viernes empezó con unas cañas por el centro de la ciudad con un sabor agridulce y nunca mejor dicho porque la cerveza sin alcohol es un placebo formidable pero de un sabor un tanto, un mucho, totalmente diría yo repugnante. Esa embocadura entre amargura y acidez y la falta de consistencia en la boca hizo que la primera caña fuera como un brebaje contra la resignación porque aquello era una sensación de desasosiego total, una falta de vitamina en el cuerpo brutal, como si aquello cayera en vacío. Pero la noche prosiguió y mi cata de cervezas sin alcohol me llevó por la noche salmantina como un bohemio con buena conversación sin perder el razonamiento.

Pero aunque todo parezcan ventajas, las del abstemio, hay un gran inconveniente para el bebedor de agua de cebada sin alcohol. Levantarse más veces que un pobre anciano al complicado arte de apuntar un chorrillo de agüita amarilla en el mingitorio a medio sueño y con el sentido desorientado es para hacerse pensar fervientemente lo de beber birra descafeinada.

Lo bueno, eso si, es que a la mañana siguiente me desperté fresco como una rosa y por una vez apuntó mi vista sin devaneos  al frente y sin girar como una hélice. Apenas dos horas antes y después de desbeber ya estaba preparado para un día completito. Que gran idea fue salir a tomar el vermú. Porque la cuestión importante no es el vino en cuestión sino el acto social, exactamente igual que las cañas. Unas matutinas, otras vespertinas pero todas con el encanto de la buena compañía y una buena conversación. Y mientras iban cayendo para el resto una tras otra, sin remisión, cañas como Dios manda yo seguía con mi retahíla de cañas o botellines sin alcohol empanzonándome y visitando todo tipo de letrinas en bares y demás tugurios. Pero claro, me llevó a la tarde tan sereno y ocioso que hasta era capaz de apuntar y embocar correctamente las bolas de billar con una precisión exquisita.

Y lo más extraordinario de todo es que en ese estado me presenté al concierto que tanto estaba esperando, que con tanta pasión vivía desde hace días. Eso si, el conciertazo de Viva Suecia con la compañía de grandes amigos no hizo que dejara de echar de menos ese trago de excitación, de inspiración y de locura. Esos litros de cerveza que corren de mano en mano en todo espectáculo Viva Suecia y elambulantemusical y más en el que tanto quería disfrutar. Y después de la emoción de comprarme sus vinilos y de que me los firmaran y que posaran junto a mi nos fuimos al bar que más me gusta en estos tiempos a disfrutar de la música… porque de la cerveza… seguía sin disfrutar. Caía una tras otra y daba igual la canción que sonara y el numero de botellines que alcanzaban mi mano. Mi estado etílico era el mismo. Ninguno.

Acabamos la noche a altas horas de la madrugada y por una vez la cuesta de mi casa no tenía curvas. Las habían quitado de repente y además que tuve la gran fortuna de ser el aguador de los matorrales porque ,claro, con tal cantidad de aguachirri ingerida la vejiga se avecinaba a estallar si no regaba lo setos de boulevard. Que maravilla no tener que apuntar. Pero aún habiendo vaciado completamente mi habitáculo donde rebosa la orina otra noche más cual jubilado, me tuve que levantar con los ojos pegados al urinario doméstico, eso si, con el cruel ejercicio de afinar la puntería para no dejarlo todo perdido.

Pero es que a la mañana siguiente tampoco había resaca, que idílico! Y otra vez que nos fuimos con toda la solana a tomar esos vermús acompañado de amigas y amigos con los que comentar no se el qué porque nos habíamos visto unas horas antes durante un concierto y unas birras. Vamos que la excusa era perfecta para seguir. Y así discurrió la tarde hasta que con hilatura musical fuimos a comprarnos unos vinilos y oiga usted que los elegí sin alteración ninguna porque yo seguía con mi abstemia radical. Y claro, de estado tan excepcional solo puedo salir una buena elección de disco. Uno de Eric Clapton, un clásico. Y después de esto continuamos nuestros pasos hasta una cervecería…y ¿que se bebe ahí? Si! Cerveza sin alcohol! Mientras mis amigos me daban envidia con sus pintas, con su cerveza bajando hasta el nivel 0 para pedir otra yo seguía con mis tercios de aguachirri y así pasamos un tarde magnifica. Y yo sin ningún tipo de ayuda que no sea la emoción de estar con mis amigos.

Pero si hasta me dio la cordura para escribir una carta de amor, mejor dicho, de desamor no correspondido, el amor quiero decir. ¿Qué es esto? Pero si yo pensaba que solo sabía decir ese tipo de cosas con unas cuantas cervezas en mi cabeza. Pero por Dios, pude escribir y lo mejor de todo, pude dormir.

¿Será que voy a cambiar mi vida? Por favor, sólo necesito una cerveza… de las como Dios manda.

Canción para hoy: «¿Nos ponemos con esto?» Viva Suecia

Siempre seremos los mejores

Existe en la conducta humana el rutinario ejercicio de echar la vista a atrás como para apagar la tristeza que por algún motivo nos invade en ese preciso momento. Mirar al pasado recordando momentos auténticamente únicos es como hacer un ejercicio de funambulismo entre la nostalgia y el deseo con esa dosis de querer retrotraernos a ese instante, inigualable, pero que generalmente no va a volver a ocurrir.

Tienden las mujeres y los hombres, más estos últimos que las primeras, a hablar con anhelo de unas escenas vividas como si de seres sempiternos en la juventud quisieran ser. Esa palabra maldita que a veces nos atormenta y otras nos altera. Nostalgia. De la que también a veces con vergüenza nos referimos a ella. Una vergüenza relacionada con la seguridad de que nuestro futuro no va a ser ni de lejos parecido al que felizmente tuvimos en el pasado.

Me agota el pensamiento negativo. Me resulta cansino mirar demasiado atrás. Me decepciona esperar lo que nunca va a volver a suceder. Me perturba el constante anhelo del pasado.

Esas cabalgadas nocturnas embriagados de superioridad, esos excesos que nuestros cuerpos aguantaban como robles, esos merodeos entre faldas y pantalones un viernes, un sábado y los domingos también, esas conversaciones interminables por teléfono. Todo aquello estuvo muy bien. Pero, ¿y ahora qué?

Me atormenta pensar que los besos que di fueron los mejores de mi vida sin conocer los que me quedan por dar, me entristece pensar que no tengo ya capacidad de beberme las calles de Madrid latido a latido, me desola rozar la idea de que no pueda comunicarme todos los días de nuevo para ser puntual, me tortura caer en el maldito cliché del pensamiento único de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Caes en  desgracia si estás en esta idea.

Entonces desprecias uno a uno los besos que tu hija te da, de las sonrisas que te regala, de los desvelos de tu niño, de los ratos que pasamos en el sofá, de las horas que no te dedicas a ti, de la incapacidad de hacer todo aquello que hiciste antaño.

Por muy delirante y decadente que sea el momento en el que estás no hay nada más motivante que lo que queda por venir y eso que detesto de igual manera la recurrente expresión «lo mejor está por venir». Digo yo; si no sabes que es, como lo vas a comparar. Por muy ingenuo que parezca el desvarío de hoy es que realmente lo que me pasa es que estoy hasta el gorro de que pensemos más en el ayer y en el mañana. ¿Tan dificil es disfrutar el momento?

No entiendo mi vida sin Paco, sin Chuchi, sin Raul, sin Carlos, sin Curro…. pero coño, otros y otras vendrán. Y no tengo duda que el futuro se construye desde el presente, ese que dura un instante, un tic tac de reloj, esa canción que alegra tu corazón. Ese beso que no sabes porqué lo das, ese abrazo en el que te entregas como si no hubiera más, esa sonrisa que regalas sin esperar nada a cambio, esa cerveza cómplice y confesora, esas pedaladas que te llevan al más allá. Coño que el pasado es pasado y fue precioso… pero, ¿es que no te apetece seguir pasándolo de puta madre?