Estamos estos días con las tripas revueltas viendo a criminales, retorcidos y malvados en procesos judiciales que alteran la paz de la convivencia ciudadana de este bendito país. Casos como el de “los niños de Córdoba” o los miembros de ETA condenados y en vías de posibles concesiones de libertad estremecen y enrabietan a toda la sociedad española y enojan a un sector principalmente conservador.
La situación, al menos, divide a la sociedad española y traslada a la misma un debate que se reabre cuando casos como los citados salen a las primeras páginas de los diarios o a las cabeceras de los informativos radiotelevisivos. Que estas personas, siendo generosas en su nomenclatura, generen esta actividad nos muestra que somos una sociedad débil, fragmentada y demasiado obnubilada con ciertos ideales.
Esta entrada va a ser muy corta porque mi opinión en clara y contundente. En todos y cada uno de los casos, estoy en contra de la cadena perpetua y por supuesto de la pena de muerte.
Que los etarras son unos asesinos ya lo sabemos, que Bretón es un presunto criminal lo sabe toda la sociedad pero no puede ni debe ser nuestro papel el generar prejuiciosas condenas que están, como todos entendemos, en manos de los jueces de este país, a los que al menos yo, respeto. Evidentemente muchas veces no estoy de acuerdo, pero no soy yo como los partidos políticos que si no les gustan una resolución atacan sin piedad al juez simplemente por el hecho de no amparar sus ideas.
Los malvados, malcriados, criminales, depravados, desalmados deben ser perseguidos por las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Deben ser juzgados y condenados o absueltos por jueces. Y debe ser el Estado el garante de todos sus derechos, que los tienen, como ciudadanos libres o prisioneros. Y debe ser el Estado el que por medios sociales inciten al condenado a una reinsercción a la sociedad civil, asumiendo el mal causado y el error de su acto criminal. Si esta reinsercción no tiene visos de completarse debe ser el Estado el ejecutor de la pena completa, sin ningún tipo de caridad judicial. Pero si actúa en dirección contraria el Estado habrá cumplido doblemente con su papel, ya que además de juzgar y condenar aceptará al ciudadano en su nuevo papel individuo libre y dispuesto a aportar su granito de arena a la convivencia pacifica de nuestro país.
La cadena perpetua y la pena de muerte sólo la enfoco desde la rabia, el odio y el reducido prisma de la terquedad.