"Quien quiera cambiar el mundo debe empezar por cambiarse a si mismo" - Socrates -

cerveza
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La vida del abstemio

No ha sido por voluntad propia, lo confieso. Pero mi obediencia y sumisión a la prescripción médica no me dejaba otra opción que estar un buen número de días sin el consumo, ni siquiera mínimo, de alcohol. Como mucho podía tocar el botellín por fuera, olerlo, refrescar mi cara en estos días de calor con el vidrio marrón,  imaginar como sabría pero en ningún caso catarlo ni mucho menos repetir trago so pena de ir, quien sabe si valiéndome por mi mismo, a un centro hospitalario.

En este periodo de absoluta recatación alcohólica se metió de por medio un fin de semana con todo lo que ello conlleva y además se daba la circunstancia que era un fin de semana muy especial porque venían a la ciudad buenos amigos y se daban un par de ansiados eventos. A los amigos hay que intentar siempre regalarles tu presencia , mutuamente, y los eventos hay que disfrutarlos a tope.

Aunque parecía un tipo caído en desgracia el viernes empezó con unas cañas por el centro de la ciudad con un sabor agridulce y nunca mejor dicho porque la cerveza sin alcohol es un placebo formidable pero de un sabor un tanto, un mucho, totalmente diría yo repugnante. Esa embocadura entre amargura y acidez y la falta de consistencia en la boca hizo que la primera caña fuera como un brebaje contra la resignación porque aquello era una sensación de desasosiego total, una falta de vitamina en el cuerpo brutal, como si aquello cayera en vacío. Pero la noche prosiguió y mi cata de cervezas sin alcohol me llevó por la noche salmantina como un bohemio con buena conversación sin perder el razonamiento.

Pero aunque todo parezcan ventajas, las del abstemio, hay un gran inconveniente para el bebedor de agua de cebada sin alcohol. Levantarse más veces que un pobre anciano al complicado arte de apuntar un chorrillo de agüita amarilla en el mingitorio a medio sueño y con el sentido desorientado es para hacerse pensar fervientemente lo de beber birra descafeinada.

Lo bueno, eso si, es que a la mañana siguiente me desperté fresco como una rosa y por una vez apuntó mi vista sin devaneos  al frente y sin girar como una hélice. Apenas dos horas antes y después de desbeber ya estaba preparado para un día completito. Que gran idea fue salir a tomar el vermú. Porque la cuestión importante no es el vino en cuestión sino el acto social, exactamente igual que las cañas. Unas matutinas, otras vespertinas pero todas con el encanto de la buena compañía y una buena conversación. Y mientras iban cayendo para el resto una tras otra, sin remisión, cañas como Dios manda yo seguía con mi retahíla de cañas o botellines sin alcohol empanzonándome y visitando todo tipo de letrinas en bares y demás tugurios. Pero claro, me llevó a la tarde tan sereno y ocioso que hasta era capaz de apuntar y embocar correctamente las bolas de billar con una precisión exquisita.

Y lo más extraordinario de todo es que en ese estado me presenté al concierto que tanto estaba esperando, que con tanta pasión vivía desde hace días. Eso si, el conciertazo de Viva Suecia con la compañía de grandes amigos no hizo que dejara de echar de menos ese trago de excitación, de inspiración y de locura. Esos litros de cerveza que corren de mano en mano en todo espectáculo Viva Suecia y elambulantemusical y más en el que tanto quería disfrutar. Y después de la emoción de comprarme sus vinilos y de que me los firmaran y que posaran junto a mi nos fuimos al bar que más me gusta en estos tiempos a disfrutar de la música… porque de la cerveza… seguía sin disfrutar. Caía una tras otra y daba igual la canción que sonara y el numero de botellines que alcanzaban mi mano. Mi estado etílico era el mismo. Ninguno.

Acabamos la noche a altas horas de la madrugada y por una vez la cuesta de mi casa no tenía curvas. Las habían quitado de repente y además que tuve la gran fortuna de ser el aguador de los matorrales porque ,claro, con tal cantidad de aguachirri ingerida la vejiga se avecinaba a estallar si no regaba lo setos de boulevard. Que maravilla no tener que apuntar. Pero aún habiendo vaciado completamente mi habitáculo donde rebosa la orina otra noche más cual jubilado, me tuve que levantar con los ojos pegados al urinario doméstico, eso si, con el cruel ejercicio de afinar la puntería para no dejarlo todo perdido.

Pero es que a la mañana siguiente tampoco había resaca, que idílico! Y otra vez que nos fuimos con toda la solana a tomar esos vermús acompañado de amigas y amigos con los que comentar no se el qué porque nos habíamos visto unas horas antes durante un concierto y unas birras. Vamos que la excusa era perfecta para seguir. Y así discurrió la tarde hasta que con hilatura musical fuimos a comprarnos unos vinilos y oiga usted que los elegí sin alteración ninguna porque yo seguía con mi abstemia radical. Y claro, de estado tan excepcional solo puedo salir una buena elección de disco. Uno de Eric Clapton, un clásico. Y después de esto continuamos nuestros pasos hasta una cervecería…y ¿que se bebe ahí? Si! Cerveza sin alcohol! Mientras mis amigos me daban envidia con sus pintas, con su cerveza bajando hasta el nivel 0 para pedir otra yo seguía con mis tercios de aguachirri y así pasamos un tarde magnifica. Y yo sin ningún tipo de ayuda que no sea la emoción de estar con mis amigos.

Pero si hasta me dio la cordura para escribir una carta de amor, mejor dicho, de desamor no correspondido, el amor quiero decir. ¿Qué es esto? Pero si yo pensaba que solo sabía decir ese tipo de cosas con unas cuantas cervezas en mi cabeza. Pero por Dios, pude escribir y lo mejor de todo, pude dormir.

¿Será que voy a cambiar mi vida? Por favor, sólo necesito una cerveza… de las como Dios manda.

Canción para hoy: “¿Nos ponemos con esto?” Viva Suecia

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