"Quien quiera cambiar el mundo debe empezar por cambiarse a si mismo" - Socrates -

Joaquin Sabina

Joaquín Sabina, el eterno firmante de emociones

Niego que albergara esperanza de verle alguna vez. Niego que me haya emborrachado escuchando sus canciones. Niego haber cantado sus canciones en el karaoke. Niego haber enviado mensajes a horas inoportunas con alguna de sus frases. Niego haber llorado con sus versos. Lo niego todo excepto que lo citado es verdad.

Cuantos millones de personas han recitado alguna de sus canciones, han bailado con algunos de sus rockandrolles o alguno de sus valses o rumbas. Las heridas que Sabina ha cicatrizado con sus temas se han abierto en canal en otro frente, cualquiera.

El superviviente Sabina se presentó en mi vida apenas una hora antes del concierto. Es por eso que la sensación que me dejó el haber perdido la virginidad sabinera de manera tan sorpresiva ha sido fascinante. Se palpaba entre los asistentes, en su gran mayoría talluditos, un presentimiento de alegría y disfrute y por mi parte un aire burlesco de encontrarme, por fin, cara a cara con quién tantas horas ha llenado mi vida y con quien tantas veces he buscado cobijo para expresar como él solo sabe los más variados sentimientos.

Desde una posición privilegiada gracias a un buen amigo pude observar como con apenas diez minutos sobre las diez de la noche salía el de Úbeda al escenario de Multiusos Sánchez Paraíso ataviado con traje verde casi azul y bombín. Acompañado de siete formidables músicos no tardó en entonar sus primeras canciones de su último y estupendo disco “Lo niego todo”. Con los primeros acordes pude comprobar que su directo tiene intensidad aún. Que su voz rota tiene magia y que, que carajo, emociona un montón.

Aunque intentara negarlo todo al segundo tema hizo un de sus parlamentos. Y yo ahí me emocioné. Esas palabras adecuadas, sin sobrar ni una. Esa forma lenta pero enlazada de hablar. Me da igual que cante a que hable. No hay nadie que en el idioma de Cervantes utilice el español de forma más elegante, más variada, más burlesca, más canalla, más metafórica. No tengo duda en afirmar que Joaquín es el más grande de los letristas en español. No la tengo.

Es único. Un genio. Un hombre que con tres versos dice más cosas que muchos en tres folios. La elocuencia es su mayor virtud. De ahí al cielo tu boca, al cielo de la emoción, al agujero de la nostalgia, al consuelo inapetente. Sabina infinito.

Sonó bien el concierto. Quizás faltó un poco de volumen, no boicoteaba el sonido mi cerebro pero fue suficiente para sentir muy dentro de mi la intensidad de su voz rasgada, la ternura contradictoria de sus versos, la ausencia de Bendecida, la llamada del bien y el mal.

Fue introduciendo clásicos y superclásicos de esos que bailamos en las fiestas del pueblo, combinó actuaciones de la gente de su banda. Superbanda absolutamente consagrada y que no necesita presentación. Y claro, al ser mi primera vez, mis canciones preferidas que sonaron fueron como un beso dulce y largo del que nunca quería desprenderme. Un abrazo eterno a esas emociones que braman de canciones hermosas y malditas.

Sus continuos guiños a la ciudad charra fue un puente de conexión con el artista, con el cantante, con el poeta, con el trovador, con el vividor, con el superviviente. Y con una retaila de canciones muy conocidas que no voy a citar para no anticipar las posibles sorpresas en los próximos conciertos de quien pague una entrada se fue Joaquinito y su banda dos horas después de iniciar el espectáculo.

Ya me puedo morir tranquilo y puedo jurar que en casa tengo un tequila mejicano que resucita a un muerto y que, además, será con el que brindaré por tus canciones.

Gracias Joaquín

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