"Quien quiera cambiar el mundo debe empezar por cambiarse a si mismo" - Socrates -

Paradinas
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El epitafio

No es cierto que la emoción solo habita en lugares extraordinarios que son aquellos que quizás deslumbran e impactan por sus calles, por sus playas, por sus monumentos, por sus montañas, por sus ríos.

Le emoción habita donde permanece un corazón vivo. Y hasta ese último sístole y diástole cada uno que viva como quiera. Y a mi me cuesta muchas veces convencer que en un pueblo a priori tan aburrido, tan vacío de alternativas, tan llano, en ocasiones erial social uno pueda llegar a ser tan inmensamente feliz. Porque lo que está vacio nosotros lo llenamos de emoción con las pequeñas cosas que nos contagian sonrisas. Porque donde no hay nada nosotros hacemos que haya todo. ¿Necesitamos algo más? Sólo seguir queriéndonos.

Paradinas
No pongamos vallas a la felicidad

Un verano a pesar de todo con un perfil de extrañeza, un completo mes de agosto de una vida de un jubilado debido a mi periodo de convalecencia física. Algo que por instantes me ha hecho sentirme inútil y que al contrario de lo que debería haber sucedido no me ha animado a leer, escribir o estudiar. Al menos he pasado horas que parecían no tener fin escuchando música. De todo tipo. La música. Sin ella no se vivir.

Esta vidorra tendrá que esperar venticinco años, dato que me genera un desaliento mayúsculo pero que no queda más remedio que aceptarlo.

Un verano donde antes del parón de salud me encontraba fino y fuerte fisicamente, con unos desayunos que alegraban el alma para el resto del día. Y sobre todo muy tranquilo. Un mes de julio absoluta y afortunadamente muy diferente al del año anterior. Sin nada que pensar, sin nadie con quien comprometerme, sin desvelos, sin dudas y llevando más bien que mal los lamentos de la ausencia , convirtió el mes en una oasis de paz , tranquilidad, reconstrucción, regeneración y sirvió de catalejo para afirmar con serenidad que otra forma de vivir es posible. En el pueblo.

Conozco el testimonio de personas, amigas y amigos mios y otros que no lo son, que afirman con rotundidad que les sería absolutamente imposible vivir en un pueblo. Ante esto solo les respondo que ellos se lo pierden y se lo digo así simplemente por querer ser un poco fino y no meterme en adjetivos calificativos.

Puedo rubricar mi axioma sin temor a equivocarme: el pueblo humaniza. Mi pueblo humaniza, un pueblo humaniza. Y no voy a ponerme a explicarlo, si quieres vivirlo te vienes.

Paradinas
La redención paradinense

Ha sido el verano del postureo. Me apasiona la fotografía aunque no soy un talentoso creador de instantáneas aunque intento ir mejorando día a día. Pero puedo dar por buenos los paseos buscando el lugar donde el sol se acostaba por las tardes mostrando su esplendor. Han sido increíbles los colores que he visto, unas pinceladas desordenadas en el lienzo de la vida; azul, naranja, rojo, amarillo y sus mescolanzas degradadas que dibujaban el paraíso, porque si existe, tiene que ser alguno de los cielos que he visto.

No me he ido a ninguna playa paradisiaca, a ningún lejano desierto, a ningún abrupto acantilado. Solo me he ido a un prado o a un camino y he temblado de emoción ante la pequeñez que somos y en ocasiones, lo idiotas que somos.

He disfrutado de las noches estrelladas donde la casi inexistente contaminación lumínica me permitia caminar sin ningún tipo de linterna más que la propia Luna y gozar de la quietud del cielo estrellado.

Pero sobre todo he disfrutado de ellos, de mis amigos, de los seis magnificos. Si me hubieran dicho que en la cuarentena se puede llegar a querer tanto a las personas quisiera haber llegado antes a este tiempo, a este lugar y a este momento. No se entiendo, no entiendo el pueblo sin su presencia. Es más, si ellos no están no creo que esté yo.

Por un vez y sin que sirva de precedente voy a llevarle la contraria al genio Joaquin Sabina y yo voy a volver al lugar donde he sido feliz, eso si, si están Carlos, Marisol, Lorena, Isa, Jose y Javi.

Aunque este verano también ha sido magnífico por haber hablado por primera vez con unas cuantas personas que jamás, a pesar de verlos durante años y años, los había conocido. Hombres y mujeres más mayores y también más jóvenes, mucho más jóvenes que yo. Personas que con su camino, con sus heridas, cicatrices y triunfos, te enseñan a querer la vida. Me ha encantado pasar tantos ratos invadiendo tertulias de estas gentes, que humamente, me invitaban a participar.

Me ha fascinado enamorarme por el tiempo que duraba unas cervezas. Amores radiantes tan imposibles como posibles historias de un guion de cine. Enamorado y al siguiente sorbo ya desencantado. Me cautiva descrubir nuevas sonrisas a pesar de su camino, nuevas miradas y nuevos testimonios.

Lo único hiriente del verano es ser consciente de mi debilidad. Un descuido en los últimos días ha propiciado un contacto que me ha hecho regresar a la mierda de la primera parte del año. Porque aunque diga Sabina que a los grandes amores nunca hay que olvidarlos a veces dan ganas de que se mueran de una vez, los amores, me refiero, no las personas.

En este vagar encuentro que el único culpable soy yo.

De lo bueno y de lo malo, no creo que las laderas a las que me asomo sean puestas para caerme pero debo afinar el equilibrio, andar con pisadas firmes, seguras pero conscientes que que el alarido es el producto desconfiado de la convergencia de la duda y la pena o de la ilusión y la alegría. Una dicotomia constante que pide de tu vigilancia y quien sabe del reposo de tus manos.

He pasado horas, horas y horas en mi vida de jubilado escuchando, o al menos intentándolo por mis maltrechos oídos, en la acogedora galería de mi casa arrendada que este año he sentido como propia, como mi hogar, canciones que ponían melodía a las horas.

Tenía claro cual era la canción del verano. Pero las últimas semanas hubo un esperanzador giro de los acontecimientos en la deriva. Si el “Tierra” de Xoel Lopez resonó decenas de veces la primera parte del verano, fue “Otra forma de vivir” de Joan Dausá la que invadió mi pensamiento. Intento dilucidar el honorifico título de canción más importante del verano pero, raro en mi, no consigo decantarme claramente, me emocionan tanto ambas que soy incapaz de decantarme.

Ha sido un verano distinto. En el que el olvido tenía un papel fundamental pero que , maldita sea, le han sobrado un par de días. Los mismos que he disfrutado del “invierno” de Paradinas de San Juan. Dias duros pero solventados con elegancia y con buena compañía. En la ausencia es donde conoces el verdadero amor. Tres días sin mis amigos es el peor capitulo del verano, os quiero cerca siempre!!

No es complicado ser feliz. Uno lo es cuando y como quiere. Quizás tenga que aprender definitivamente a serlo.

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