La duda

No se que canción escuchar ahora para fundamentar este fin de semana. No se que sentido darle; no se si la calma de estos días, no se si la nostalgia de un pasado o la inquietud del futuro.

No lo se. Tengo dudas, vivo en una duda, yo soy la duda.

Al final creo que la vida me llevó, me lleva y me llevará por caminos raros pero maravillosos.

Canción para hoy : «La vida te lleva por caminos raros», Diego Vasallo

Sol

sol

No creo que sea capaz de ver a dos palmos . Nada. Estoy cegado. O más bien, ciego que no es lo mismo y no es por voluntad propia pero la deriva a veces te deja fondeando en aguas por clarificar, es un cierto mal en calma con aviso de alarma. No hay oleaje reverso porque la resaca es traicionera. Las olas, no. La deriva tampoco.

Los silencios son eternos en casa. Hay una conspiración contra las maniobras de activación. Una onda expansiva está preparada. Que buenas frases estoy descubriendo en un libro pero que poco resuenan en mi interior. Pero el interior debería ser exterior. Solo el sol altera mis letargos. Impresionante. Un día y al otro tambien. Aquí me sonrie cada tarde crepuscular. Le devuelvo la sonrisa. Somos buenos amigos. Es un privilegio poder contemplar la caída del Rey Sol. Se cae pero al día siguiente se levanta. Esplendoroso. Radiante. Contagia. Es una alegría permanente tener la posibilidad de irme a encontrar con él bajo secreto de confesión. Y lo mejor, mañana vuelve.

Canción para hoy: «Rey Sol», Vetusta Morla

Piedad

Si empezara a enunciar los errores cometidos bajo los efectos de emociones transitorias indomables no acabaría en un buen rato. Te puedes ir a echar la siesta y al despertar seguiría enumerando días, noches, despertares, improperios y versos disfrazados que no son capaces de esconder la insensatez propia de un ser deplorable.

Piedad. Pero la justa. Una dosis indolora. Breve y frugal.

Despiertas con la ilusión de un nuevo día o con la desazón de no querer levantarse. Mientras oyes respirar a tu otro yo, le miras y le acaricias, ves un mensaje. Ridiculez absoluta. Mente infantil. Inmadurez tardía. Cansancio. Odio.

No volverá a suceder. Mentira. Mentira con sus siete letras, siete numero sagrado y mágico. Mentira.

Una canción, unas cervezas donde casi todas son de más pero todas necesarias, un indómito latido y unos dedos que dibujan un sin sentido en un teclado y está fabricado el coctel molotov. Y eres tan miserable que lo envias como si fuera a llegar a la otra trinchera. Piedad.

¿Me lo merezco? No debí estar sentado allí aquella tarde, nunca debería haber abierto puertas ni cerrar entradas.

Un buen listado de errores cometidos dan lugar a hacer inscripciones perpetuas en el camino hacía la perdición, tatuadas a lomos de la verguenza.

Y entonces? La vida te lleva por caminos raros.

Canción para hoy: «Piedad», Viva Suecia

Mi venganza más dulce

mujer elambulante

Generalmente nunca me he alegrado del mal ajeno. No soy una mujer tan venenosa como para pensar más en los demás antes que en mi y menos en desearle mal a los demás pero esta situación me ha hecho recordar que generalmente cuando lanzas un dardo suele darse la vuelta y clavarse donde más duele. Hay que tener cuidado en como lo lanzas y sobre quién y eso que creo que no lo hizo con mala fe pero sin duda que se lo tiene bien merecido.

Cuando hace unos meses se fue de vacaciones y no me dijo que me fuera con él yo pensaba que quería que le diera un espacio para estar oxigenado y aireado y disfrutar de su pasión que a mi tanto desvelos me generaba,  de su bicicleta, por no se que parte del norte. Aquello fue el primer capitulo, si no el inicio del desastre, del engaño, del mio propio, al que yo estaba atada. Una ceguera y una sordera que maniataba todos mis días. Algo que  yo no quería comprender porque sus frases hacía mi eran siempre honestas pero yo, por otra parte, estaba segura de persuadirlo y convencerle que yo era la mujer que podía estar a su lado. Estaba segura de mis armas femeninas pero mi falta de decisión para hablarle más profunda y con más hondura bloqueaba mi pensamiento. Esos meses aprendí que no ser valiente es la mayor derrota en la vida.

Y yo completa de amor vi que poco a poco le importaba menos y  solo tenía espacio en mi corazón pero sobre todo en mi atormentada mente para él. No quería compartirlo pero es que él no quería nada serio y estable conmigo. Era una como un pétalo que se mantenía en el aire moviéndose con la brisa pero que nunca podía agarrarlo.

Llegó el momento que yo tanto temía y cuando me dijo que me dejaba, aunque nunca tuvo el valor para llamarlo así, me sentí desnuda y con un frío tan intenso durante un instante que profundamente odié haberlo conocido. Yo que no sé lo que es algo tan negativo como el odio, creé un demonio en mi interior que me duró un tiempo largo. Un demonio que no me dejaba ser yo, bueno, ni la sombra de lo que yo era. Una mujer enérgica y positiva, dando brillo a mis arrugas, buscando el sentido a lo más primitivo de la vida, querer sentir el tacto de un latido. Yo con mi sonrisa, que no aparcaba en mi largas horas de trabajo, disimulaba la abrupta tristeza a la que ese desalmado me había empujado. Mi amargura ya no era ni amarga era simple y sencillamente una desazón inmensa y una falta de ilusión por ver a alguien pasar. Perdí la ganas de arreglarme, de ponerme guapa, sentirme femenina, de comprarme maquillaje. Ese que sirviera para enterrar mi pequeña tragedia diaria.

Y quien sabe si por un momento pensé que mi lasciva venganza era perfecta.

Y a ella la exculpo. Si es que hubiera ella. Ella no tiene la culpa. Se que la tuve yo. Pero en silencio aprendí a gastar los días en amor hacía mis padres, mis amigas y los más cercanos. Una mujer como yo no merecía esos días donde el precioso sol de verano se pintaba de negro en mi corazón. No veía más lejos de la tristeza porque la tenía tan cerca y tan interiorizada que nunca desperté alegre en varias semanas.

Ni los días de playa paseando por la fina arena dejaba rastro de la mujer que siempre he sido y las huellas se borraban al instante de abandonar mis dedos el contacto con la arena. Si dibujaba una sonrisa rápidamente la borraba la nostalgia de algo que creí que sucedió. Paseos, conciertos, libros y reuniones no despertaban felicidad en mi interior y si una interminable pena que mi entorno sufría como si ellas lo estuvieran padeciendo.

Y después de muchos capítulos más y un buen tiempo sin encontrármelo hace unos días me lo crucé de nuevo por el barrio. Mi corazón se quedó paralizado sin razón alguna. Ese bloqueo duró solo una décima de segundo lo suficiente como hacerme preguntar si había retrocedido en el tiempo. Rápidamente supe que yo, esa mujer temerosa y demasiado precavida, era capaz de tener una sonrisa de forma involuntaria porque pude volver a vivir el maravilloso momento de sentir una mueca por alguien al que aprecias de verdad. Y no era por él claro, es por Santi, el hombre que ha recuperado para la vida a alguien que no quería estar en ella.

Y por él, bueno, como otras muchas mujeres percibí de forma inexplicable nada más verle que era un despojo, un cadáver viviente porque su trémula mirada destilaba el horror que yo viví. Vislumbré su soledad, su amargura y su tristeza. Por un momento pude ver la unión de una mujer y un hombre en el campo indeseable para ambos. Me vi reflejada como si en el espejo de mi habitación estuviera su cara en vez de la mía ahora que mi reflejo deslumbra cada mañana de felicidad e ilusión, a mis cuarenta y alguno como una quinceañera con su primer amor y no me importa que me lo noten en la tienda reparadora de cuerpos y corazones donde trabajo. Clientas que me conocen de muchos años me dicen halagos y piropos y yo no puedo por menos de confesarlas que el amor nunca puede sentar mal al alma, el amor bien ejercido claro.

Pocos días después le volví a ver. Estaba igual de guapo que siempre pero no se me paró el corazón. Se paró la memoria. Se reseteó la felicidad por un instante y pensé que lo feliz que yo estoy lo cambio por todos aquellos largos días de dolor y amargura. Y sentí pena. Y quien sabe si por un momento pensé que mi lasciva venganza era perfecta.

La autodestrucción masiva

Sucede que vengo de un camino por el que tú ya has transitado. Unos van y otros vuelven. Conozco bien ese camino y realmente no es agradable, no es bonito ni amable y no te regala ni una sola toma que merezca la pena.

Le contaba a mi terapeuta, echado sobre el diván del consuelo, que siempre existe una perspectiva positiva y si no la veo, me la invento. Me ha respondido muy directamente, ¡deja de inventar! He tenido que callarme y asentar con la cabeza.

También la he contado que el demonio que llevo dentro está esculpiendo mi carácter día a día sin que nadie ponga remedio. Que el mal vence al bien y que este último no sabe revelarse contra tal injusticia. Y aún ando dando tumbos por el mundo buscando al bueno. Se me ha perdido y no lo encuentro. Una espiral como pensamiento y una canción como evangelio que hace repetirme día tras día. Ya no doy en la diana. No apunto ni esforzándome ni tomando todo el tiempo del mundo para dar en el centro de la diana pero el mal es demasiado grande para el bien.

hay un demonio esculpiendome lentamente

Tras la sesión he salido a pasear como un jubilado más pero con un caminar lento, falto de ritmo y coordinación. Solo he visto las puntas de mis zapatos porque soy incapaz de ver más allá. De levantar cabeza y volver a disfrutar.

Un rato después la he tenido que llamar para contarla algo que se me había pasado por la cabeza. No la he dejado ni hablar. Al final me ha colgado. Harta. La tengo harta. Creo que no me ha llegado a escuchar. Creo que voy a acabar con ella. No me cura, me mata. La ruego piedad.

Canción para hoy: «Todo lo que importa», Viva Suecia ver

Sabes que escribo porque me gusta.

Sabes que escribo porque no se.

Sabes que escribo para soltar lastre.

Sabes que escribo para soñar.

Sabes que escribo por fustración.

Sabes que escribo por redención.

Sabes que escribo por inanición.

Sabes que escribo por amor.

Sabes que escribo por aprender.

Sabes que escribo al atardecer.

Sabes que escribo por imaginar.

Sabes que escribo por añorar.

Sabes que escribo por buscar.

Escribo por ser libre.

Escribo para ser libre.

Un paseo carnal

No fue la casualidad pero quién sabe si fue el destino lo que me llevó a una habitación enormemente luminosa, decorada tan desnuda que el minimalismo a su lado es un concepto desmesurado.

No me hizo apenas pasar por el salón ni siquiera me ofreció algo de beber, me pasó directamente al habitáculo donde se suponía culminaríamos una noche de entretenimiento adornado con diálogos con sustancia sobre experiencias amorosas previas salpicadas de ironía e indirectas. También hablamos de deporte, desde lo que le gusta el baloncesto a lo que me gusta el senderismo. Hablamos de viajes, de las decenas que ella hizo y de los poquitos con los que de anécdotas pude yo contribuir a hilvanar sus palabras. No tuve tiempo ni de pasar por el servicio, apenas de pedir nada. Me vi hundido en su mullido y acogedor colchón debajo de ese cuerpo bendito que tanto se perfila y moldea a su gusto. De actitud cariñosa a la más lasciva de sus intenciones. Enredado entre sábanas, besos y revolcones se pasó la noche hasta que a el día le dio por nacer.

Apoyado sobre el cabecero de su cama, observándola durmiendo y apurando mi primer cigarro del día me preguntaba una y otra vez como esa mujer de tan suntuosa cultura que no dejaba nada al albur podía haber consumado conmigo esa noche de otoño, fría. La mañana parecía igual y yo sin apenas hacer ruido me vestí y me fui impresionado y con una antinomia infinita.

Al llegar a casa, cansado y aturdido, hice le desayuno lentamente para intentar digerir lo sucedido. Cuando sentado en el salón mirando hacia la ventana, degustando mi café con tostada el inmisericorde teléfono sonó insistentemente en forma de mensajes de WhatsApp. Los obvie, no quería leer lo que ella, lo que supuestamente ella me decía y que yo quería dejar pasar. No era mujer para mi, pensaba contradictoriamente. Me desentendí de mensajes sucesivos, hasta casi diez.

Acabé el café, encendí un pitillo y me quedé dormido.

Casi a la hora de comer abrí un ojo y desorientado me vi vestido y abrumado. Como si el alcohol a raudales hubiera invadido mi mente tuve unos segundos que no sabía ni donde estaba ni que hacía. Pero era mi casa, mi hogar, mi sitio. Por un instante, todo volvió al orden. Pero no recordaba que no quería leer los mensajes que me habían llegado al móvil y volviendo al ritual de cada despertar vi que había casi diez mensajes de alguien tan especial como misteriosa para mi. Tan prohibida como deseada. Y nada más y nada menos que en sus mensajes me lanzó la invitación a quedar por la tarde a tomar unas cervezas….

continuará