Los términos de mi rendición

No está mal volver a experimentar la cara y la cruz.

Este desorden de urgencia disloca la soberbia ejercida.

Sufro por no derrotar a los demonios establecidos pero la calma es una situación que apenas conozco.

Ningún placer dura lo suficiente como afirmar que disfruto eternamente.

Lo que uno se trabaja es lo que uno recibe. Así que me rindo. Dejo escritos los términos de mi rendición para que se me olviden mañana.

Y hoy disfrutaré de ti.

Mala hostia

Tengo entre mis dedos un artículo a camino entre la nostalgia y el agradecimiento por lo ocurrido desde que nació este blog pero estoy tan jodidamente hundido, gastando una mala hostia hilarante, exportando un pésimo y horrible carácter que se me hace absolutamente imposible ponerme a escribir con una careta en el semblante y largamente deslizar mis dedos sobre lo que verdaderamente siento y pienso.

Querido blog, recojo lo que pusiste en tu primera entrada. Por eso digo que hoy no, maaaañana.

Sublimación

He sido, si no lo soy aún un horroroso marido, un pérfido y frugal amante y un desazucarado novio. De los tres estados, del líquido, gaseoso y sólido estuve charlando con mi psicoanalista en mi última visita mientras se balanceaba la mecedora a la que que me invita a sentarme cada vez que la visito. Me suelto con ella, y siempre empiezo preguntadola que papel me toca desarrollar ante ella, la mujer más hermosa que jamás he conocido. No se si esta vez acudí como novio quinceañero, amante decepcionante o marido insulso. Y eso que entablamos una transparante conversación día tras día, hasta que empezé a cuestionarme si los cincuenta euros de cada sesión estaban bien empleados.

Porque lo que empezó como una una vehemente charla de conocimiento personal acabó ese primer día como una declaración de amor tan breve y tan directa que era la misma escena que tantas y tan inútiles veces había protagonizado en la barra de un bar. Yo estaba allí sentado pero con mis codos reposando como si estuvieran en la barra de un bar y delante ella, mi camarera, la que servia cervezas solo para mi.  Había perdido el hilo de lo que yo le iba a hablar, pero es que fue ver sus manos y recordarme tanto a la silueta que yo pretendía olvidar que inmediatamente sustituí el personaje de mi historia por ella.

Joder, que patético sería poner a contar lamentos patéticos, lacrimógenos y obsesivos si delante de mi tenía a mi diosa, no me importaba lo que durara, era mi diosa.

Al poco rato de contar mis chorradas me di cuenta que no era mal conversador y ella ,como buena profesional, me transmitia empatía. Yo con eso me conformaba. Salí, al rato, de aquella habitación de la que parecía su hogar con un sensación de desahogo brutal que duró apenas el tramo de escalera y la distancia hasta la calle. Otra vez las gafas de sol, oscuras en pleno invierno, para que no se viera el drama interno que me hacía sentirme angustiado todo el día.

Pero estabamos en el último día, no llevo la cuenta de las veces que han sido pero la cantidad ya debe rondar los tres ceros de euros. Da igual. El caso es que creo que se debe dar cuenta que mi discurso va perdiendo coherencia. Y dentro de mi pesimismo tan habitual intento acudir a su consulta con alguno de los estados estudiados. A saber; novio, amante o marido. Creo que me está manejando, de alguna manera le parezco patético pero buen pagador o será que le gusta el perfume que uso aunque este argumento se cae a pedazos porque cada vez uso alguno diferente, no le doy importancia a cual sea. Total. Tonto, cornudo, feo, gordo, amargado pero buen pagador que al final es lo que importa.

Me decidí por el marido. La noche anterior había visto una pelicula que me había dejado ñoñas total y echaba en falta a alguien en mi cama. Con lo cual la conversación fue sorpresivamente tomando un cariz de barra de bar aunque no habíamos tomado nada, ni me lo había ofrecido, y yo había llegado a su consulta sin pasar por el bar de la esquina a tomarme mi habítual caña pre-consulta. En esto, que ella empezó a hablarme con una voz meliflua. Yo estaba limerente. Aturdido y confundido porque ella se mostraba fuera de su papel de terapeuta. Tuve la sensación que esta vez era yo el que iba a cobrar la sesión. Y me descolocaba las fotos familiares que veía detras de ella, porque ella era tan guapa, tan hermosa que ni siquiera su gesto se mostraba desagradable para mi vista.

Por fin llegué al momento de levitar cuando no pude por menos de abalanzar la mecedora hacía delante y la cogí la mano. Se la toqué. La apreté con suavidad. No era capaz de articular palabra. El silencio retumbaba por las cuatro parades. Lo rompí para decirla una sola frase:

– Yo vengo de ahí.

Solté su mano y por mi vista como unos rodillos de máquinas tragaperras pasó la imagen de su marido o lo que fuera el de la foto, su presunto hijo, mi amante, mi novia y mi ex-mujer y en ese impás la máquina paró los rodillos y en la linea mágica salió su imagen. Premio. Había ganado la especial. Desde hacía mucho, pero mucho tiempo no sonreía ya de una forma tan sugerente. Es como si ella hubiera sido la verdadera protagonista de mi desdicha.

Ese mágico instante se acabó.

– Por hoy, hemos acabado señor.

Metí la mano en mi bolsillo para sacar el billete de cincuenta que llevaba, como siempre, preparado.

– No. Hoy no hace falta. Es la última sesión. Esta es gratis. Hemos acabado con la terapía.

No fui capaz de decirle ni una sola palabra. Ni de pedirle explicaciones. Ni siquiera de preguntarle que demonios me pasaba. Me levanté y ella no lo hizo. Eso fue muy extraño. Se quedó en su sofá, se quitó las gafas y suspiró. Al abrir yo la puerta para irme, giré la cabeza. La miré, la sonreí y me fui. Sabía que a esa camarera no la volvería a ver jamás. Esa era mi historia una vez más.

Canción para hoy: «Dusty trails», Lucius

La obsesión

obsesion

No deja de ser un deseo confinado en tu cerebro. No deja de ser un objetivo, no deja de ser el mantra de tus acciones. No deja de ser el punto final de una historia. No deja de ser el leit motiv de una parte de tu vida. No deja de ser el foco que fabrica una luz. Y hay un momento, en toda obsesión, que la luz se apaga.

La obsesión es la pérdida del sentido común, del más común de los sentidos.

La obsesión es un susurro endemoniado que te lleva al más tremendo de tus errores.

La obsesión es un huracán incontrolable e incontrolado que te guia por la deriva más irracional.

La obsesión es la certeza de estar cometiendo un error.

La obsesión es una ilusión.

La obsesión es la perfección de la belleza.

La obsesión es una sacudida al estado vegetativo de tu corazón aliada con tu alma.

La obsesión es un relato de errores.

La obsesión es la pertinaz lucha por algo que quieres.

Y que quieres? Ser feliz. Pues no te obsesiones leches, hazlo!

La fiesta del sábado

Se dieron todos los alicientess para hacer estallar el cóctel. Unos amigos, unas cervezas, buena música y una herida.

Unos dedos dispuestos a liberar todo lo que en la boca permanece recluido.

El tiempo. Que más da el tiempo si no hacemos por disfrutarlo. Meses encerrado y semanas liberado. Es la cuestión tan sencilla, una ecuación perfecta que no siempre despeja el sistema. Que más da el tiempo si la linea que lo marca está anclada, estanca y podrida.

Entonces la musica de antes no debo escucharla, vaya cuestión.

La fiesta concluyó. Por todo lo alto. Se que el equilibrio es imposible cuando hablas de los dos. Cometiendo el error de siempre.

Ni uno más. Ni uno.

Try to make ends meet you are a slave to the money then you die.

I’ll take you down the only road I have ever been down. You know the one that takes you to the places where all the veints meet.

I never pray but tonight I’m on my knees

I need to hear some sounds that recognize the pain in me

I let the melody shine, let it cleanse my mind, I feel free now but the airwais are clean and there’s singing to me now

I’m a millon different people from one day to the next

I’ll take you down the only road I’ve ever been

Have you ever been here?

Los puentes de Madeleine

[dropcap]N[/dropcap]unca he tenido la certeza de que una promesa la fuera a realizar. Yo que soy un maestro en ser cobarde y solo he sido valiente apoyado en la barra de un bar no pretendía romper la deriva mientras bajaba las escalerillas del avión que me iba a fijar el campo de acción en la tierra querida de América Latina. Y además la herencia de un año esquivo en momentos de lucidez no atendía mi petición de piedad a sabiendas que no la merecía.

Una incuestionable casualidad murmuró sobre el cielo bogotano, el cual a alguien quería hacerle un favor. Hay millones de personas sobre la tierra en ese único instante pero me tocó a mi y quizás sucedió que toda la trayectoria de este año merecía un epitafio aún más confuso para mi vida.

La palabra futuro no la vislumbro más allá de mañana, los violines de cambio no consigo afinarlos y practicar una melodía que aturda a mi deseo que se combine con el cerebro y que esnife aires de calma, una droga tan requerida que a veces se nos olvida que el mercado donde se obtiene es muy accesible.

Y no es que yo manejara un auto con olvido y fuera a dar a un lugar perdido, solo que el cansancio y el agotado personaje de ser un viajero solitario me enfrentó a entablar una conversación fortuita y forzada en un diminuto garito del turístico barrio de La Candelaria.

Yo sometido al cuestionario de turista de cuarto nivel, un momento de debilidad y un arduo deseo en borrar las sombras que me perseguian.

Una poco empática mujer apostada en la barra de un bar.

A posteriori también me fui y también la buscaba por toda la ciudad. Yo tambien bajé de mi camioneta, aguanté hierático el chapuzón del trópico esperando una respuesta. Yo también buscaba entregarle mi anillo de compromiso. Desgarrado, regresé a mi punto de partida, desvergonzado y roto por dentro.

Era un sueño, en una de las noches americanas al moverme timidamente en la cama la sentí tan cerca que pensé que habíamos viajado a diferentes vidas. Pero había sucedido. Exactamente igual. Soñabamos hartas cosas en la defensa de nuestros interereses pero en los días restantes entre lo primero y lo último solo tenía la inaguantable paciencia resquebrajada por la violencia de mi ser, por haber sido desnudada entre tanta mediocridad y mostrarme con las heridas y cicatrices de una perdida vida lamentandome por situaciones totalmente ridículas.

No cruzamos juntos ningún puente, nos manejamos mejor sobre acueductos. Nos queda la certeza de que la felicidad está en un bar de rock and roll