El epitafio

Paradinas

No es cierto que la emoción solo habita en lugares extraordinarios que son aquellos que quizás deslumbran e impactan por sus calles, por sus playas, por sus monumentos, por sus montañas, por sus ríos.

Le emoción habita donde permanece un corazón vivo. Y hasta ese último sístole y diástole cada uno que viva como quiera. Y a mi me cuesta muchas veces convencer que en un pueblo a priori tan aburrido, tan vacío de alternativas, tan llano, en ocasiones erial social uno pueda llegar a ser tan inmensamente feliz. Porque lo que está vacio nosotros lo llenamos de emoción con las pequeñas cosas que nos contagian sonrisas. Porque donde no hay nada nosotros hacemos que haya todo. ¿Necesitamos algo más? Sólo seguir queriéndonos.

Paradinas
No pongamos vallas a la felicidad

Un verano a pesar de todo con un perfil de extrañeza, un completo mes de agosto de una vida de un jubilado debido a mi periodo de convalecencia física. Algo que por instantes me ha hecho sentirme inútil y que al contrario de lo que debería haber sucedido no me ha animado a leer, escribir o estudiar. Al menos he pasado horas que parecían no tener fin escuchando música. De todo tipo. La música. Sin ella no se vivir.

Esta vidorra tendrá que esperar venticinco años, dato que me genera un desaliento mayúsculo pero que no queda más remedio que aceptarlo.

Un verano donde antes del parón de salud me encontraba fino y fuerte fisicamente, con unos desayunos que alegraban el alma para el resto del día. Y sobre todo muy tranquilo. Un mes de julio absoluta y afortunadamente muy diferente al del año anterior. Sin nada que pensar, sin nadie con quien comprometerme, sin desvelos, sin dudas y llevando más bien que mal los lamentos de la ausencia , convirtió el mes en una oasis de paz , tranquilidad, reconstrucción, regeneración y sirvió de catalejo para afirmar con serenidad que otra forma de vivir es posible. En el pueblo.

Conozco el testimonio de personas, amigas y amigos mios y otros que no lo son, que afirman con rotundidad que les sería absolutamente imposible vivir en un pueblo. Ante esto solo les respondo que ellos se lo pierden y se lo digo así simplemente por querer ser un poco fino y no meterme en adjetivos calificativos.

Puedo rubricar mi axioma sin temor a equivocarme: el pueblo humaniza. Mi pueblo humaniza, un pueblo humaniza. Y no voy a ponerme a explicarlo, si quieres vivirlo te vienes.

Paradinas
La redención paradinense

Ha sido el verano del postureo. Me apasiona la fotografía aunque no soy un talentoso creador de instantáneas aunque intento ir mejorando día a día. Pero puedo dar por buenos los paseos buscando el lugar donde el sol se acostaba por las tardes mostrando su esplendor. Han sido increíbles los colores que he visto, unas pinceladas desordenadas en el lienzo de la vida; azul, naranja, rojo, amarillo y sus mescolanzas degradadas que dibujaban el paraíso, porque si existe, tiene que ser alguno de los cielos que he visto.

No me he ido a ninguna playa paradisiaca, a ningún lejano desierto, a ningún abrupto acantilado. Solo me he ido a un prado o a un camino y he temblado de emoción ante la pequeñez que somos y en ocasiones, lo idiotas que somos.

He disfrutado de las noches estrelladas donde la casi inexistente contaminación lumínica me permitia caminar sin ningún tipo de linterna más que la propia Luna y gozar de la quietud del cielo estrellado.

Pero sobre todo he disfrutado de ellos, de mis amigos, de los seis magnificos. Si me hubieran dicho que en la cuarentena se puede llegar a querer tanto a las personas quisiera haber llegado antes a este tiempo, a este lugar y a este momento. No se entiendo, no entiendo el pueblo sin su presencia. Es más, si ellos no están no creo que esté yo.

Por un vez y sin que sirva de precedente voy a llevarle la contraria al genio Joaquin Sabina y yo voy a volver al lugar donde he sido feliz, eso si, si están Carlos, Marisol, Lorena, Isa, Jose y Javi.

Aunque este verano también ha sido magnífico por haber hablado por primera vez con unas cuantas personas que jamás, a pesar de verlos durante años y años, los había conocido. Hombres y mujeres más mayores y también más jóvenes, mucho más jóvenes que yo. Personas que con su camino, con sus heridas, cicatrices y triunfos, te enseñan a querer la vida. Me ha encantado pasar tantos ratos invadiendo tertulias de estas gentes, que humamente, me invitaban a participar.

Me ha fascinado enamorarme por el tiempo que duraba unas cervezas. Amores radiantes tan imposibles como posibles historias de un guion de cine. Enamorado y al siguiente sorbo ya desencantado. Me cautiva descrubir nuevas sonrisas a pesar de su camino, nuevas miradas y nuevos testimonios.

Lo único hiriente del verano es ser consciente de mi debilidad. Un descuido en los últimos días ha propiciado un contacto que me ha hecho regresar a la mierda de la primera parte del año. Porque aunque diga Sabina que a los grandes amores nunca hay que olvidarlos a veces dan ganas de que se mueran de una vez, los amores, me refiero, no las personas.

En este vagar encuentro que el único culpable soy yo.

De lo bueno y de lo malo, no creo que las laderas a las que me asomo sean puestas para caerme pero debo afinar el equilibrio, andar con pisadas firmes, seguras pero conscientes que que el alarido es el producto desconfiado de la convergencia de la duda y la pena o de la ilusión y la alegría. Una dicotomia constante que pide de tu vigilancia y quien sabe del reposo de tus manos.

He pasado horas, horas y horas en mi vida de jubilado escuchando, o al menos intentándolo por mis maltrechos oídos, en la acogedora galería de mi casa arrendada que este año he sentido como propia, como mi hogar, canciones que ponían melodía a las horas.

Tenía claro cual era la canción del verano. Pero las últimas semanas hubo un esperanzador giro de los acontecimientos en la deriva. Si el “Tierra” de Xoel Lopez resonó decenas de veces la primera parte del verano, fue “Otra forma de vivir” de Joan Dausá la que invadió mi pensamiento. Intento dilucidar el honorifico título de canción más importante del verano pero, raro en mi, no consigo decantarme claramente, me emocionan tanto ambas que soy incapaz de decantarme.

Ha sido un verano distinto. En el que el olvido tenía un papel fundamental pero que , maldita sea, le han sobrado un par de días. Los mismos que he disfrutado del “invierno” de Paradinas de San Juan. Dias duros pero solventados con elegancia y con buena compañía. En la ausencia es donde conoces el verdadero amor. Tres días sin mis amigos es el peor capitulo del verano, os quiero cerca siempre!!

No es complicado ser feliz. Uno lo es cuando y como quiere. Quizás tenga que aprender definitivamente a serlo.

Ni un gramo de madurez

Cuarenta y dos años y ni un gramo de madurez. Atrás queda un año, otro más. Un año bidimensonal, dicotomico y algo trágico. Empecé con la mayor ilusión que podía tener, tan grande que minusvaloré el riesgo. Feliz, contento y con una sonrisa que me hacía dar todo lo que tenía. Hasta que entrado el nuevo año mi perfil de perdedor se dibujó sobre un cuento. Fue tan trágico el final que las lágrimas llenaron un manantial.

Noqueado y sin capacidad de reacción. De lo malo no se aprende, aprendí de las personas que generan las situaciones dolosas y sobre todo aprendí de la personas que crean un chaleco salvavidas de las situaciones trágicas.

Una llamada, una cerveza, un paseo y sobre todo unas pedaladas. Y siempre, siempre alguien en quien confiar.

Empecé a subir los puertos cuando de bueno otro zarpazo a lo más profundo del alma. Tan diferente la estocada pero la herida no dejaba de manar sangre.

Con lo bueno se gana y con lo malo se aprende.

De nuevo pedales, un hombro y a seguir. Horas de soledad peleando para llegar aún más alto. Y lo he conseguido, terminar esta puta mierda de año emocional como un toro y embestir cada pase que me tiraban.

No. No ha sido una puta mierda de año porque estaría llamando puta mierda a los míos. Ha sido un gran año porque ellas y ellos han estado. Que gran suerte tengo. Y quien no quiera estar…. Aire.

Este se presenta apasionante. Vamos a darlo todo. Y que cada desayuno sea el último.

Y tú, que eres uno de los míos, espero que me permitas seguir a tu lado.

Canción para hoy: «Hermanos de sangre», Loquillo

La duda

No se que canción escuchar ahora para fundamentar este fin de semana. No se que sentido darle; no se si la calma de estos días, no se si la nostalgia de un pasado o la inquietud del futuro.

No lo se. Tengo dudas, vivo en una duda, yo soy la duda.

Al final creo que la vida me llevó, me lleva y me llevará por caminos raros pero maravillosos.

Canción para hoy : «La vida te lleva por caminos raros», Diego Vasallo

Sol

sol

No creo que sea capaz de ver a dos palmos . Nada. Estoy cegado. O más bien, ciego que no es lo mismo y no es por voluntad propia pero la deriva a veces te deja fondeando en aguas por clarificar, es un cierto mal en calma con aviso de alarma. No hay oleaje reverso porque la resaca es traicionera. Las olas, no. La deriva tampoco.

Los silencios son eternos en casa. Hay una conspiración contra las maniobras de activación. Una onda expansiva está preparada. Que buenas frases estoy descubriendo en un libro pero que poco resuenan en mi interior. Pero el interior debería ser exterior. Solo el sol altera mis letargos. Impresionante. Un día y al otro tambien. Aquí me sonrie cada tarde crepuscular. Le devuelvo la sonrisa. Somos buenos amigos. Es un privilegio poder contemplar la caída del Rey Sol. Se cae pero al día siguiente se levanta. Esplendoroso. Radiante. Contagia. Es una alegría permanente tener la posibilidad de irme a encontrar con él bajo secreto de confesión. Y lo mejor, mañana vuelve.

Canción para hoy: «Rey Sol», Vetusta Morla

Piedad

Si empezara a enunciar los errores cometidos bajo los efectos de emociones transitorias indomables no acabaría en un buen rato. Te puedes ir a echar la siesta y al despertar seguiría enumerando días, noches, despertares, improperios y versos disfrazados que no son capaces de esconder la insensatez propia de un ser deplorable.

Piedad. Pero la justa. Una dosis indolora. Breve y frugal.

Despiertas con la ilusión de un nuevo día o con la desazón de no querer levantarse. Mientras oyes respirar a tu otro yo, le miras y le acaricias, ves un mensaje. Ridiculez absoluta. Mente infantil. Inmadurez tardía. Cansancio. Odio.

No volverá a suceder. Mentira. Mentira con sus siete letras, siete numero sagrado y mágico. Mentira.

Una canción, unas cervezas donde casi todas son de más pero todas necesarias, un indómito latido y unos dedos que dibujan un sin sentido en un teclado y está fabricado el coctel molotov. Y eres tan miserable que lo envias como si fuera a llegar a la otra trinchera. Piedad.

¿Me lo merezco? No debí estar sentado allí aquella tarde, nunca debería haber abierto puertas ni cerrar entradas.

Un buen listado de errores cometidos dan lugar a hacer inscripciones perpetuas en el camino hacía la perdición, tatuadas a lomos de la verguenza.

Y entonces? La vida te lleva por caminos raros.

Canción para hoy: «Piedad», Viva Suecia

Mi venganza más dulce

mujer elambulante

Generalmente nunca me he alegrado del mal ajeno. No soy una mujer tan venenosa como para pensar más en los demás antes que en mi y menos en desearle mal a los demás pero esta situación me ha hecho recordar que generalmente cuando lanzas un dardo suele darse la vuelta y clavarse donde más duele. Hay que tener cuidado en como lo lanzas y sobre quién y eso que creo que no lo hizo con mala fe pero sin duda que se lo tiene bien merecido.

Cuando hace unos meses se fue de vacaciones y no me dijo que me fuera con él yo pensaba que quería que le diera un espacio para estar oxigenado y aireado y disfrutar de su pasión que a mi tanto desvelos me generaba,  de su bicicleta, por no se que parte del norte. Aquello fue el primer capitulo, si no el inicio del desastre, del engaño, del mio propio, al que yo estaba atada. Una ceguera y una sordera que maniataba todos mis días. Algo que  yo no quería comprender porque sus frases hacía mi eran siempre honestas pero yo, por otra parte, estaba segura de persuadirlo y convencerle que yo era la mujer que podía estar a su lado. Estaba segura de mis armas femeninas pero mi falta de decisión para hablarle más profunda y con más hondura bloqueaba mi pensamiento. Esos meses aprendí que no ser valiente es la mayor derrota en la vida.

Y yo completa de amor vi que poco a poco le importaba menos y  solo tenía espacio en mi corazón pero sobre todo en mi atormentada mente para él. No quería compartirlo pero es que él no quería nada serio y estable conmigo. Era una como un pétalo que se mantenía en el aire moviéndose con la brisa pero que nunca podía agarrarlo.

Llegó el momento que yo tanto temía y cuando me dijo que me dejaba, aunque nunca tuvo el valor para llamarlo así, me sentí desnuda y con un frío tan intenso durante un instante que profundamente odié haberlo conocido. Yo que no sé lo que es algo tan negativo como el odio, creé un demonio en mi interior que me duró un tiempo largo. Un demonio que no me dejaba ser yo, bueno, ni la sombra de lo que yo era. Una mujer enérgica y positiva, dando brillo a mis arrugas, buscando el sentido a lo más primitivo de la vida, querer sentir el tacto de un latido. Yo con mi sonrisa, que no aparcaba en mi largas horas de trabajo, disimulaba la abrupta tristeza a la que ese desalmado me había empujado. Mi amargura ya no era ni amarga era simple y sencillamente una desazón inmensa y una falta de ilusión por ver a alguien pasar. Perdí la ganas de arreglarme, de ponerme guapa, sentirme femenina, de comprarme maquillaje. Ese que sirviera para enterrar mi pequeña tragedia diaria.

Y quien sabe si por un momento pensé que mi lasciva venganza era perfecta.

Y a ella la exculpo. Si es que hubiera ella. Ella no tiene la culpa. Se que la tuve yo. Pero en silencio aprendí a gastar los días en amor hacía mis padres, mis amigas y los más cercanos. Una mujer como yo no merecía esos días donde el precioso sol de verano se pintaba de negro en mi corazón. No veía más lejos de la tristeza porque la tenía tan cerca y tan interiorizada que nunca desperté alegre en varias semanas.

Ni los días de playa paseando por la fina arena dejaba rastro de la mujer que siempre he sido y las huellas se borraban al instante de abandonar mis dedos el contacto con la arena. Si dibujaba una sonrisa rápidamente la borraba la nostalgia de algo que creí que sucedió. Paseos, conciertos, libros y reuniones no despertaban felicidad en mi interior y si una interminable pena que mi entorno sufría como si ellas lo estuvieran padeciendo.

Y después de muchos capítulos más y un buen tiempo sin encontrármelo hace unos días me lo crucé de nuevo por el barrio. Mi corazón se quedó paralizado sin razón alguna. Ese bloqueo duró solo una décima de segundo lo suficiente como hacerme preguntar si había retrocedido en el tiempo. Rápidamente supe que yo, esa mujer temerosa y demasiado precavida, era capaz de tener una sonrisa de forma involuntaria porque pude volver a vivir el maravilloso momento de sentir una mueca por alguien al que aprecias de verdad. Y no era por él claro, es por Santi, el hombre que ha recuperado para la vida a alguien que no quería estar en ella.

Y por él, bueno, como otras muchas mujeres percibí de forma inexplicable nada más verle que era un despojo, un cadáver viviente porque su trémula mirada destilaba el horror que yo viví. Vislumbré su soledad, su amargura y su tristeza. Por un momento pude ver la unión de una mujer y un hombre en el campo indeseable para ambos. Me vi reflejada como si en el espejo de mi habitación estuviera su cara en vez de la mía ahora que mi reflejo deslumbra cada mañana de felicidad e ilusión, a mis cuarenta y alguno como una quinceañera con su primer amor y no me importa que me lo noten en la tienda reparadora de cuerpos y corazones donde trabajo. Clientas que me conocen de muchos años me dicen halagos y piropos y yo no puedo por menos de confesarlas que el amor nunca puede sentar mal al alma, el amor bien ejercido claro.

Pocos días después le volví a ver. Estaba igual de guapo que siempre pero no se me paró el corazón. Se paró la memoria. Se reseteó la felicidad por un instante y pensé que lo feliz que yo estoy lo cambio por todos aquellos largos días de dolor y amargura. Y sentí pena. Y quien sabe si por un momento pensé que mi lasciva venganza era perfecta.

La autodestrucción masiva

Sucede que vengo de un camino por el que tú ya has transitado. Unos van y otros vuelven. Conozco bien ese camino y realmente no es agradable, no es bonito ni amable y no te regala ni una sola toma que merezca la pena.

Le contaba a mi terapeuta, echado sobre el diván del consuelo, que siempre existe una perspectiva positiva y si no la veo, me la invento. Me ha respondido muy directamente, ¡deja de inventar! He tenido que callarme y asentar con la cabeza.

También la he contado que el demonio que llevo dentro está esculpiendo mi carácter día a día sin que nadie ponga remedio. Que el mal vence al bien y que este último no sabe revelarse contra tal injusticia. Y aún ando dando tumbos por el mundo buscando al bueno. Se me ha perdido y no lo encuentro. Una espiral como pensamiento y una canción como evangelio que hace repetirme día tras día. Ya no doy en la diana. No apunto ni esforzándome ni tomando todo el tiempo del mundo para dar en el centro de la diana pero el mal es demasiado grande para el bien.

hay un demonio esculpiendome lentamente

Tras la sesión he salido a pasear como un jubilado más pero con un caminar lento, falto de ritmo y coordinación. Solo he visto las puntas de mis zapatos porque soy incapaz de ver más allá. De levantar cabeza y volver a disfrutar.

Un rato después la he tenido que llamar para contarla algo que se me había pasado por la cabeza. No la he dejado ni hablar. Al final me ha colgado. Harta. La tengo harta. Creo que no me ha llegado a escuchar. Creo que voy a acabar con ella. No me cura, me mata. La ruego piedad.

Canción para hoy: «Todo lo que importa», Viva Suecia ver