Somos esclavos de nuestro tiempo, de nuestras vidas, las que legítimamente elegimos el modo de vivir y que nos llevan, por momentos, por caminos raros y que nos hace cruzarnos con un montón de personas diferentes a lo largo de la senda. Nos llevan, nos traen, nos mueven, nos conmueven, nos atraen, nos distancian. Y claro, esto es porque tenemos cultura del movimiento, de la emigración, de la integración. Uno que se queda en su casa, en su ámbito más cercano nunca conocerá el exterior y en mi modesta opinión, no tiene fundamento para opinar de muchas cosas.
Tendemos a movernos en la juventud evolucionando a la tan mal llamada estabilidad cuando uno cumple unos requisitos de “madurez”: novia, casa, coche, trabajo….
Nos conocimos cuando de lo anteriormente citado no había nada. Y no cursaba por mi cabeza más que disfrutar alocadamente del momento. Y, aún siendo un conservador rebelde, crucé mis pasos con Paolo gracias a mi hermano de sangre. Madrid era para mi el paraíso por descubrir. Integrarme cada fin de semana en su anónima sociedad, vagar por los tugurios de cerveza baratas, observar sin inquietar mi corazón a mujeres inalcanzables, pasear por sus calles siendo feliz, escuchar música en lugares históricos y disfrutar… Y la integración fue real cuando en un piso compartían sus vidas una belga, un español y un italiano.
Caer en la melancolía y la nostalgia me convierte en un elemento de contradicción.
Pero lo que realmente ocurrió es que descubrí que uno no debe ni puede quedarse encerrado, no puede tener miedo ha hablar un idioma diferente. Jumish y Paolo fueron los que instigaron esta filosofía. Crearon lazos, vínculos inalienables, perpetuaron afectivos sentimientos que hasta hace días permanecieron, en la distancia física, inquebrantables.
Nos movimos. Por primera vez cogí un avión. Llegamos a Venecia. Y luego su casa, Trieste. Precioso. Grado, Aqualeia, Udine, dos noches en Venecia en una casa que se caía; Eslovenia…. Y aquel descubrimiento de los vecinos, el cevapcici. Y sobre todo, aquella postal con su Fiat Panda en el Hollywood triestino. Si estamos aquí es porque bajando conducía a lo Sainz pero con unos cuantos litros de cerveza en nuestras cabezas. La primera vez que comí verduras al horno, la primera vez que comí una pizza en horno de leña, la primera vez que en la solitaria y nocturna Venecia paseamos como vagabundos mendigando por una cerveza. La primera vez que…. la primera vez…
Y eso que me dejaste, meses antes, usar esa levita de cuero que tanto anhelaba. Los italianos destiláis una clase que no refinamos los españoles. La clase, esa palabra que la aprendí con tu levita.
Si me avisaste antes de irte no supe escucharte, no dí crédito a tu auxilio. Sé que vives en el lado bueno del cielo y no hagas como antes, avisa si te vas.